LA FIGURA
DEL
CATEQUISTA
Pieza clave
Me dirijo a ti, creyente que eres
catequista en una comunidad cristiana de un lugar de la geografía que yo
no conozco. Te lo han dicho muchas veces, pero te lo vuelvo a decir: tú eres una pieza clave en el engranaje de la comunidad
Tú, que estás a pie de obra, sabes
muy bien que la catequesis hoy no es la institución
bien organizada y dinámica de hace unos años. Percibes,
sin necesidad de ir a ninguna universidad, que algo no va como iba. Y tienes toda la razón.
Hay muchos que hoy intentan reflexionar sobre lo que está pasando y no creas
que tienen demasiadas cosas claras... Se van aclarando.
Cuesta decir: Hay esto y esto y
se hace así. Me gusta mucho una cita de los Obispos franceses
en su “Carta a los Católicos de Francia” que dice: Rechazamos toda nostalgia de épocas pasadas en las que el principio
de autoridad parecía imponerse de manera indiscutible. No soñamos con un
imposible regreso a lo que se denominaba la cristiandad. En el contexto
de la sociedad actual es donde queremos poner por obra la fuerza de propuesta
y de interpelación del Evangelio sin olvidar que éste es susceptible de
contestar el ordenamiento del mundo y de la sociedad, cuando este ordenamiento
tiende a hacerse inhumano. En resumen, pensamos que los tiempos actuales
no son más desfavorables para el anuncio del Evangelio que los tiempos de
nuestra historia pasada. La situación crítica en la que nos encontramos
nos impulsa, al contrario, a ir a las fuentes de nuestra fe y a hacernos
discípulos y testigos del Dios de Jesucristo de una forma decidida y racial.
Estamos cambiando
de mundo y de sociedad. Un mundo desaparece y otro está emergiendo sin que
exista ningún modelo preestablecido para su construcción.
Lo que nos dicen los Obispos del
país vecino es que tenemos que hacernos a la idea de que el futuro no se
hace tomando referencias del inmediato pasado. Es normal en nuestro funcionamiento
de educadores echar mano de lo que hicieron con nosotros, de lo que vimos
hacer, de lo que nos dijeron. Seguro que te has hecho preguntas como éstas
al preparar una catequesis: ¿Qué hice el año pasado?
¿Qué se suele hacer? ¿Cuál es la costumbre del lugar? Estas preguntas iniciales pueden tener algo de valor. Pero aunque
conozcamos la respuesta, es posible que la respuesta no nos valga hoy y
tengamos que lanzarnos con celo apostólico (¡no a lo loco!) a construir
el futuro sin las referencias anteriores. Es un
reto apasionante. Vivimos un tiempo rico en creatividad.
Esto nos toca
La figura del catequista está
“tocada” por esta realidad de la catequesis. En el imaginario colectivo
hemos ido haciendo una silueta bien determinada de lo que es un catequista
de niños, de preadolescentes, de adolescentes, de jóvenes y no sé si de
adultos (me temo que no porque los adultos dan miedo). Nosotros mismos hemos
interiorizado una forma de ser catequista que proviene de lo que vemos y
de los catequistas que a nosotros nos “dieron” catequesis. Nosotros nos
sentimos catequistas de una determinada manera.
Recordamos, posiblemente, la bondad de los catequistas
que nos atendieron en la catequesis o su forma de hacer catequesis o la
edad que tenían. Hubo un tiempo (y todavía hay parroquias que siguen así)
que ser catequista era el final normal del día después de la Confirmación.
Todo ello tenía una explicación lógica dentro
de una manera de concebir la totalidad de la institución llamada catequesis.
Cuando esta institución se replantea y se quiere
ajustar mejor a la realidad de la Iglesia y del mundo, también la figura
del catequista es alcanzada y tocada para ser retocada y reinterpretada.
Un catequista que sabe dar razón de su fe no sólo porque
sabe cosas que ha leído, sino porque, además, narra la fe que vive.
Un catequista que tiene experiencia de vida
cristiana; esta experiencia exige una determinada edad.
Hay realidades humanas que llegan con los años, se viven cuando es “el tiempo”.
Es verdad que el Espíritu de Jesús hace maravillas y hay santos de 14 años.
Pero “ser joven” no es una carta credencial para ser catequista o para entender
a los niños y a los jóvenes. Hay educadores, catequistas, fundadores, santos
que eran el encanto de los niños y de los jóvenes. Lo central para ser catequista
no es la pregunta ¿cuántos años tienes?, sino la madurez humana y cristiana que
el catequista ha adquirido.
Un catequista que se sabe encontrado
por Dios y que encuentra a Dios en la Palabra, en la vida,
y en la acción pastoral que realiza. Porque se siente encontrado por Dios
y porque sigue encontrando a Dios en la palabra, en la oración, en la vida,
en la reflexión y estudio es capaz de poner a otros en camino para dejarse
encontrar y para que encuentren a Dios. Si, como hemos dicho más arriba,
estamos en un momento en el que no nos podemos referir a lo que hicieron
con nosotros, tenemos que tener cierta capacidad de reflexión, de búsqueda,
de ir a las fuentes de la tradición eclesial. No inventamos desde cero,
sino en el contexto de una tradición eclesial que nos precede y que ha pasado
muchas historias tan difíciles o peores que la nuestra.
Un catequista que es maestro. La palabra maestro aquí
la entiendo en un sentido muy amplio: maestro de vida. Para vivir no nos basta tener muchas cosas en la cabeza. Tenemos
que tener la cabeza bien amueblada, al menos con lo esencial. Pero tenemos
que saber vivir. Una madre, un padre, un
director espiritual, un acompañante es el que nos alienta y nos ayuda a
vivir, sobre todo en esos momentos en que “tenemos la teoría”, pero no sabemos
hacerla práctica. Un acompañante no hace el camino a nadie, pero da pistas
para que cada uno haga su camino. Un maestro no da por hecho que se ha llegado
a la meta, sino que da perspectiva y señala que queda mucho por hacer.
Un catequista que sea comunicador. “La finalidad de la formación
(del catequista) busca, por tanto, que el catequista sea lo más apto posible
para realizar un acto de comunicación” (DGC 235). Un catequista que sienta
“celo” por anunciar el Evangelio hoy a los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, que son los que son, que son como son, aunque puedan ser de otra
manera, y a ello les llevará el Evangelio. Un buen comunicador ayuda a personalizar,
establece relaciones cercanas y personales con el otro, sabe que el trabajo
no se acaba en el grupo; la persona tiene que asumir como suyo lo que se
dice para todos.
Ya sé que ahora mismo tienes más
ganas que antes de decir: “Pues yo lo dejo porque no doy la talla ni la
daré”. El susto es una cosa corriente en
todos los que son llamados por Dios para una tarea en la comunidad. Basta
que pienses en los profetas. Lo normal es el miedo, la excusa... Si tienes
miedo y dices: “mira que soy como un niño y no sé hablar” (Jer
1,6), te diré que esa es casi una razón para seguir en la brecha. Lo de
Dios es un poco misterioso siempre. Nos pide formación,
profundidad, y al mismo tiempo, nos urge a que no nos creamos que “las cosas
de Dios” se transmiten cimentadas
en técnica. La evangelización es obra, sobre todo, de Dios, no nuestra.
Cuando la hacemos tan nuestra que Dios no interviene, pues la cosa se acabó. Es Él quien pone
palabras en nuestra boca cuando nosotros nos ponemos en sus manos y somos,
como María, disponibles para el Señor que nos llama.