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| Instrucción Redemptionis Sacramentum |
CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO
Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS
INSTRUCCIÓN REDEMPTIONIS SACRAMENTUM
Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar
acerca de la Santísima Eucaristía
ÍNDICE
Proemio [1-13]
Capítulo I. La ordenación de la sagrada Liturgia
[14-18]
1. El Obispo diocesano, gran sacerdote de su grey [19-25]
2. La Conferencia de Obispos [26-28]
3. Los presbíteros [29-33]
4. Los diáconos [34-35]
Capítulo II. La participación de los fieles
laicos en la celebración de la Eucaristía
1. Un participación activa y consciente [36-42]
2. Tareas de los fieles laicos en la celebración de la s. Misa [43-47]
Capítulo III. La celebración correcta de la
santa Misa
1. La materia de la santísima Eucaristía [48-50]
2. La Plegaria eucarística [51-56]
3. Las otras partes de la Misa [57-74]
4. La unión de varios ritos con la celebración de la Misa
[75-79]
Capítulo IV. La sagrada Comunión
1. Las disposiciones para recibir la sagrada Comunión [80-87]
2. La distribución de la sagrada Comunión [88-96]
3. La Comunión de los sacerdotes [97-99]
4. La Comunión bajo las dos especies [100-107]
Capítulo V. Otros aspectos que se refieren a la Eucaristía
1. El lugar de la celebración de la santa Misa [108-109]
2. Diversos aspectos relacionados con la santa Misa [110-116]
3. Los vasos sagrados [117-120]
4. Las vestiduras litúrgicas [121-128]
Capítulo VI. La reserva de la s. Eucaristía y su culto
fuera de la Misa
1. La reserva de la santísima Eucaristía [129-133]
2. Algunas formas de culto a la s. Eucaristía fuera de la Misa [134-141]
3. Las procesiones y los congresos eucarísticos [142-145]
Capítulo VII. Ministerios extraordinarios de los
fieles laicos [146-153]
1. El ministro extraordinario de la sagrada Comunión [154-160]
2. La predicación [161]
3. Celebraciones particulares que se realizan en ausencia del sacer. [162-167]
4. De aquellos que han sido apartados del estado clerical [168]
Capítulo VIII. Los remedios [169-171]A
1. Graviora delicta [172]
2. Los actos graves [173]
3. Otros abusos [174-175]
4. El Obispo diocesano [176-180]
5. La Sede Apostólica [181-182]
6. Quejas por abusos en materia litúrgica [183-184]
Conclusión [185-186]
[1.] El Sacramento de la Redención, que la Madre
Iglesia confiesa con firme fe y recibe con alegría, celebra y adora
con veneración, en la santísima Eucaristía,[1]
anuncia la muerte de Jesucristo y proclama su resurrección, hasta
que Él vuelva en gloria,[2] como Señor y
Dominador invencible, Sacerdote eterno y Rey del universo, y entregue al
Padre omnipotente, de majestad infinita, el reino de la verdad y la vida.[3]
[2.] La doctrina de la Iglesia sobre la santísima Eucaristía
ha sido expuesta con sumo cuidado y la máxima autoridad, a lo largo
de los siglos, en los escritos de los Concilios y de los Sumos Pontífices,
puesto que en la Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de
la Iglesia, que es Cristo, nuestra Pascua,[4] fuente y
cumbre de toda la vida cristiana,[5] y cuya fuerza alienta
a la Iglesia desde los inicios.[6] Recientemente, en la
Carta Encíclica «Ecclesia de Eucharistia», el Sumo Pontífice
Juan Pablo II ha expuesto de nuevo algunos principios sobre esta materia,
de gran importancia eclesial para nuestra época.[7]
Para que también en los tiempos actuales, tan gran misterio sea debidamente
protegido por la Iglesia, especialmente en la celebración de la sagrada
Liturgia, el Sumo Pontífice mandó a esta Congregación
para el Culto DiviAno y la Disciplina de los Sacramentos[8]
que, en colaboración con la Congregación para la Doctrina
de la Fe, preparara esta Instrucción, en la que se trataran algunas
cuestiones referentes a la disciplina del sacramento de la Eucaristía.
Por consiguiente, lo que en esta Instrucción se expone, debe ser
leído en continuidad con la mencionada Carta Encíclica «Ecclesia
de Eucharistia».
Sin embargo, la intención no es tanto preparar un compendio de normas
sobre la santísima Eucaristía sino más bien retomar,
con esta Instrucción, algunos elementos de la normativa litúrgica
anteriormente enunciada y establecida, que continúan siendo válidos,
para reforzar el sentido profundo de las normas litúrgicas[9]
e indicar otras que aclaren y completen las precedentes, explicándolas
a los Obispos, y también a los presbíteros, diáconos
y a todos los fieles laicos, para que cada uno, conforme al propio oficio
y a las propias posibilidades, las puedan poner en práctica.
[3.] Las normas que se contienen en esta Instrucción se refieren
a cuestiones litúrgicas concernientes al Rito romano y, con las debidas
salvedades, también a los otros Ritos de la Iglesia latina, aprobados
por el derecho.
[4.] «No hay duda de que la reforma litúrgica del Concilio
ha tenido grandes ventajas para una participación más consciente,
activa y fructuosa de los fieles en el santo Sacrificio del altar».[10]
Sin embargo, «no faltan sombras».[11] Así,
no se puede callar ante los abusos, incluso gravísimos, contra la
naturaleza de la Liturgia y de los sacramentos, también contra la
tradición y autoridad de la Iglesia, que en nuestros tiempos, no
raramente, dañA;an las celebraciones litúrgicas en diversos
ámbitos eclesiales. En algunos lugares, los abusos litúrgicos
se han convertido en una costumbre, lo cual no se puede admitir y debe terminarse.
[5.] La observancia de las normas que han sido promulgadas por la autoridad
de la Iglesia exige que concuerden la mente y la voz, las acciones externas
y la intención del corazón. La mera observancia externa de
las normas, como resulta evidente, es contraria a la esencia de la sagrada
Liturgia, con la que Cristo quiere congregar a su Iglesia, y con ella formar
«un sólo cuerpo y un sólo espíritu».[12]
Por esto la acción externa debe estar iluminada por la fe y la caridad,
que nos unen con Cristo y los unos a los otros, y suscitan en nosotros la
caridad hacia los pobres y necesitados. Las palabras y los ritos litúrgicos
son expresión fiel, madurada a lo largo de los siglos, de los sentimientos
de Cristo y nos enseñan a tener los mismos sentimientos que él;[13]
conformando nuestra mente con sus palabras, elevamos al Señor nuestro
corazón. Cuanto se dice en esta Instrucción, intenta conducir
a esta conformación de nuestros sentimientos con los sentimientos
de Cristo, expresados en las palabras y ritos de la Liturgia.
[6.] Los abusos, sin embargo, «contribuyen a oscurecer la recta fe
y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento».[14]
De esta forma, también se impide que puedan «los fieles revivir
de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús:
Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron».[15]
Conviene que todos los fieles tengan y realicen aquellos sentimientos que
han recibido por la pasión salvadora del Hijo Unigénito, que
manifiesta la majestad de DAios, ya que están ante la fuerza, la
divinidad y el esplendor de la bondad de Dios[16], especialmente
presente en el sacramento de la Eucaristía.[17]
[7.] No es extraño que los abusos tengan su origen en un falso concepto
de libertad. Pero Dios nos ha concedido, en Cristo, no una falsa libertad
para hacer lo que queramos, sino la libertad para que podamos realizar lo
que es digno y justo.[18] Esto es válido no sólo
para los preceptos que provienen directamente de Dios, sino también,
según la valoración conveniente de cada norma, para las leyes
promulgadas por la Iglesia. Por ello, todos deben ajustarse a las disposiciones
establecidas por la legítima autoridad eclesiástica.
[8.] Además, se advierte con gran tristeza la existencia de «iniciativas
ecuménicas que, aún siendo generosas en su intención,
transigen con prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina
con la cual la Iglesia expresa su fe». Sin embargo, «la Eucaristía
es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones».
Por lo que conviene corregir algunas cosas y definirlas con precisión,
para que también en esto «la Eucaristía siga resplandeciendo
con todo el esplendor de su misterio».[19]
[9.] Finalmente, los abusos se fundamentan con frecuencia en la ignorancia,
ya que casi siempre se rechaza aquello de lo que no se comprende su sentido
más profundo y su antigüedad. Por eso, con su raíz en
la misma Sagrada Escritura, «las preces, oraciones e himnos litúrgicos
están penetrados de su espíritu, y de ella reciben su significado
las acciones y los signos».[20] Por lo que se refiere
a los signos visibles «que usa la sagrada Liturgia, Ahan sido escogidos
por Cristo o por la Iglesia para significar las realidades divinas invisibles».[21]
Justamente, la estructura y la forma de las celebraciones sagradas según
cada uno de los Ritos, sea de la tradición de Oriente sea de la de
Occidente, concuerdan con la Iglesia Universal y con las costumbres universalmente
aceptadas por la constante tradición apostólica,[22]
que la Iglesia entrega, con solicitud y fidelidad, a las generaciones futuras.
Todo esto es sabiamente custodiado y protegido por las normas litúrgicas.
[10.] La misma Iglesia no tiene ninguna potestad sobre aquello que ha sido
establecido por Cristo, y que constituye la parte inmutable de la Liturgia.[23]
Pero si se rompiera este vínculo que los sacramentos tienen con el
mismo Cristo, que los ha instituido, y con los acontecimientos en los que
la Iglesia ha sido fundada,[24] nada aprovecharía
a los fieles, sino que podría dañarles gravemente. De hecho,
la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios
doctrinales,[25] por lo que el uso de textos y ritos que
no han sido aprobados lleva a que disminuya o desaparezca el nexo necesario
entre la lex orandi y la lex credendi.[26]
[11.] El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande «para
que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no
respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal».[27]
Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque
sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que
se debe cuidar con decisión,[28] y realiza acciones
que de ningún modo corresponden con el hambre y la sed del Dios vivo,
que el pueblo de nuestros tiempos experimenta,A ni a un auténtico
celo pastoral, ni sirve a la adecuada renovación litúrgica,
sino que más bien defrauda el patrimonio y la herencia de los fieles.
Los actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación,[29]
sino que lesionan el verdadero derecho de los fieles a la acción
litúrgica, que es expresión de la vida de la Iglesia, según
su tradición y disciplina. Además, introducen en la misma
celebración de la Eucaristía elementos de discordia y la deforman,
cuando ella tiende, por su propia naturaleza y de forma eminente, a significar
y realizar admirablemente la comunión con la vida divina y la unidad
del pueblo de Dios.[30] De estos actos arbitrarios se deriva incertidumbre en la doctrina,
duda y escándalo para el pueblo de Dios y, casi inevitablemente,
una violenta repugnancia que confunde y aflige con fuerza a muchos fieles
en nuestros tiempos, en que frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente,
muy difícil, de la «secularización».[31]
[12.] Por otra parte, todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar
una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa
Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está
prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas.
Además, el pueblo católico tiene derecho a que se celebre
por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la Misa,
conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Finalmente,
la comunidad católica tiene derecho a que de tal modo se realice
para ella la celebración de la santísima Eucaristía,
que aparezca verdaderamente como sacramento de unidad, excluyendo absolutamente
todos los defectos y gestos que puedan manifestar divisiones y facciones
en la IAglesia.[32]
[13.] Todas las normas y recomendaciones expuestas en esta Instrucción,
de diversas maneras, están en conexión con el oficio de la
Iglesia, a quien corresponde velar por la adecuada y digna celebración
de este gran misterio. De los diversos grados con que cada una de las normas
se unen con la norma suprema de todo el derecho eclesiástico, que
es el cuidado para la salvación de las almas, trata el último
capítulo de la presente Instrucción.[33]
CAPÍTULO I
LA ORDENACIÓN DE LA SAGRADA LITURGIA
[14.] «La ordenación de la sagrada Liturgia
es de la competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica; ésta
reside en la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley,
en el Obispo».[34]
[15.] El Romano Pontífice, «Vicario de Cristo y Pastor de la
Iglesia universal en la tierra... tiene, en virtud de su función,
potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia,
y que puede siempre ejercer libremente»,[35] aún
comunicando con los pastores y los fieles.
[16.] Compete a la Sede Apostólica ordenar la sagrada Liturgia de
la Iglesia universal, editar los libros litúrgicos, revisar sus traducciones
a lenguas vernáculas y vigilar para que las normas litúrgicas,
especialmente aquellas que regulan la celebración del santo Sacrificio
de la Misa, se cumplan fielmente en todas partes.[36]
[17.] «La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina
de los Sacramentos trata lo que corresponde a la Sede Apostólica,
salvo la competencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe,
respecto a laA ordenación y promoción de la sagrada liturgia,
en primer lugar de los sacramentos. Fomenta y tutela la disciplina de los
sacramentos, especialmente en lo referente a su celebración válida
y lícita». Finalmente, «vigila atentamente para que se
observen con exactitud las disposiciones litúrgicas, se prevengan
sus abusos y se erradiquen donde se encuentren».[37] En esta materia, conforme a la tradición de toda la
Iglesia, destaca el cuidado de la celebración de la santa Misa y
del culto que se tributa a la Eucaristía fuera de la Misa.
[18.] Los fieles tienen derecho a que la autoridad eclesiástica regule
la sagrada Liturgia de forma plena y eficaz, para que nunca sea considerada
la liturgia como «propiedad privada de alguien, ni del celebrante
ni de la comunidad en que se celebran los Misterios».[38]
1. El Obispo diocesano, gran sacerdote de su grey
[19.] El Obispo diocesano, primer administrador de los misterios de Dios
en la Iglesia particular que le ha sido encomendada, es el moderador, promotor
y custodio de toda la vida litúrgica.[39] Pues
«el Obispo, por estar revestido de la plenitud del sacramento del
Orden, es "el administrador de la gracia del supremo sacerdocio"[40], sobre todo en la Eucaristía, que él mismo celebra
o procura que sea celebrada[41], y mediante la cual la
Iglesia vive y crece continuamente».[42]
[20.] La principal manifestación de la Iglesia tiene lugar cada vez
que se celebra la Misa, especialmente en la iglesia catedral, «con
la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios,
[...] en una misma oración, junto al único altar, donde preside
el Obispo» rodeado por su presbiterio, los diáconos A y ministros.[43]
Además, «toda legítima celebración de la Eucaristía
es dirigida por el Obispo, a quien ha sido confiado el oficio de ofrecer
a la Divina Majestad el culto de la religión cristiana y de reglamentarlo
en conformidad con los preceptos del Señor y las leyes de la Iglesia,
precisadas más concretamente para su diócesis según
su criterio».[44]
[21.] En efecto, «al Obispo diocesano, en la Iglesia a él confiada
y dentro de los límites de su competencia, le corresponde dar normas
obligatorias para todos, sobre materia litúrgica».[45]
Sin embargo, el Obispo debe tener siempre presente que no se quite la libertad
prevista en las normas de los libros litúrgicos, adaptando la celebración,
de modo inteligente, sea a la iglesia, sea al grupo de fieles, sea a las
circunstancias pastorales, para que todo el rito sagrado universal esté
verdaderamente acomodado al carácter de los fieles.[46]
[22.] El Obispo rige la Iglesia particular que le ha sido encomendada[47]
y a él corresponde regular, dirigir, estimular y algunas veces también
reprender[48], cumpliendo el ministerio sagrado que ha
recibido por la ordenación episcopal,[49] para
edificar su grey en la verdad y en la santidad.[50] Explique
el auténtico sentido de los ritos y de los textos litúrgicos
y eduque en el espíritu de la sagrada Liturgia a los presbíteros,
diáconos y fieles laicos,[51] para que todos sean
conducidos a una celebración activa y fructuosa de la Eucaristía,[52] y cuide igualmente para que todo el cuerpo de la Iglesia, con
el mismo espíritu, en la unidad de la caridad, pueda progresaAr en
la diócesis, en la nación, en el mundo.[53]
[23.] Los fieles «deben estar unidos a su Obispo como la Iglesia a
Jesucristo, y como Jesucristo al Padre, para que todas las cosas se armonicen
en la unidad y crezcan para gloria de Dios».[54]
Todos, incluso los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades
de Vida Apostólica, y todas las asociaciones o movimientos eclesiales
de cualquier genero, están sometidos a la autoridad del Obispo diocesano
en todo lo que se refiere a la liturgia,[55] salvo las
legítimas concesiones del derecho. Por lo tanto, compete al Obispo
diocesano el derecho y el deber de visitar y vigilar la liturgia en las
iglesias y oratorios situados en su territorio, también aquellos
que sean fundados o dirigidos por los citados institutos religiosos, si
los fieles acuden a ellos de forma habitual.[56]
[24.] El pueblo cristiano, por su parte, tiene derecho a que el Obispo diocesano
vigile para que no se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica,
especialmente en el ministerio de la palabra, en la celebración de
los sacramentos y sacramentales, en el culto a Dios y a los santos.[57]
[25.] Las comisiones, consejos o comités, instituidos por el Obispo,
para que contribuyan a «promover la acción litúrgica,
la música y el arte sacro en su diócesis», deben actuar
según el juicio y normas del Obispo, bajo su autoridad y contando
con su confirmación; así cumplirán su tarea adecuadamente[58]
y se mantendrá en la diócesis el gobierno efectivo del Obispo.
De estos organismos, de otros institutos y de cualquier otra iniciativa
en materia litúrgica, después de cierto tiempo, resulta urgente
que los Obispos indaguen si hastaA el momento ha sido fructuosa[59]
su actividad, y valoren atentamente cuáles correcciones o mejoras
se deben introducir en su estructura y en su actividad,[60]
para que encuentren nueva vitalidad. Se tenga siempre presente que los expertos
deben ser elegidos entre aquellos que sean firmes en la fe católica
y verdaderamente preparados en las disciplinas teológicas y culturales.
2. La Conferencia de Obispos
[26.] Esto vale también para las comisiones de la misma materia,
que, vivamente deseadas por el Concilio,[61] son instituidas
por la Conferencia de Obispos y de la cual es necesario que sean miembros
los Obispos, distinguiéndose con claridad de los ayudantes peritos.
Cuando el número de los miembros de la Conferencia de Obispos no
sea suficiente para que se elijan de entre ellos, sin dificultad, y se instituya
la comisión litúrgica, nómbrese un consejo o grupo
de expertos que, en cuanto sea posible y siempre bajo la presidencia de
un Obispo, desempeñen estas tareas; evitando, sin embargo, el nombre
de «comisión litúrgica».
[27.] La interrupción de todos los experimentos sobre la celebración
de la santa Misa, ha sido notificada por la Santa Sede ya desde el año
1970[62] y nuevamente se repitió, para recordarlo,
en el año 1988.[63] Por lo tanto, cada Obispo y
la misma Conferencia no tienen ninguna facultad para permitir experimentos
sobre los textos litúrgicos o sobre otras cosas que se indican en
los libros litúrgicos. Para que se puedan realizar en el futuro tales
experimentos, se requiere el permiso de la Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que lo concederá por escrito,
previa petición de la Conferencia de Obispos. Pero esto no se conceAderá
sin una causa grave. Por lo que se refiere a la enculturación en
materia litúrgica, se deben observar, estricta e íntegramente,
las normas especiales establecidas.[64]
[28.] Todas las normas referentes a la liturgia, que la Conferencia de Obispos
determine para su territorio, conforme a las normas del derecho, se deben
someter a la recognitio de la Congregación para el Culto Divino y
la Disciplina de los Sacramentos, sin la cual, carecen de valor legal.[65]
3. Los presbíteros
[29.] Los presbíteros, como colaboradores fieles, diligentes y necesarios,
del orden Episcopal,[66] llamados para servir al Pueblo de Dios, constituyen un único
presbiterio[67] con su Obispo, aunque dedicados a diversas
funciones. «En cada una de las congregaciones locales de fieles representan
al Obispo, con el que están confiada y animosamente unidos, y toman
sobre sí una parte de la carga y solicitud pastoral y la ejercen
en el diario trabajo». Y, «por esta participación en
el sacerdocio y en la misión, los presbíteros reconozcan verdaderamente
al Obispo como a padre suyo y obedézcanle reverentemente».[68]
Además, «preocupados siempre por el bien de los hijos de Dios,
procuren cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso
de toda la Iglesia».[69]
[30.] Grande es el ministerio «que en la celebración eucarística
tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla in persona
Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión, no sólo
a la comunidad que participa directamente en la celebración, sino
también a la Iglesia universal, a la cual la Eucaristía hace
siempre referencia. Por desgracia, es de Alamentar que, sobre todo a partir
de los años de la reforma litúrgica después del Concilio
Vaticano II, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación,
no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar».[70]
[31.] Coherentemente con lo que prometieron en el rito de la sagrada Ordenación
y cada año renuevan dentro de la Misal Crismal, los presbíteros
presidan «con piedad y fielmente la celebración de los misterios
de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento
de la reconciliación».[71] No vacíen
el propio ministerio de su significado profundo, deformando de manera arbitraria
la celebración litúrgica, ya sea con cambios, con mutilaciones
o con añadidos.[72] En efecto, dice San Ambrosio:
«No en si, [...] sino en nosotros es herida la Iglesia. Por lo tanto,
tengamos cuidado para que nuestras caídas no hieran la Iglesia».[73]
Es decir, que no sea ofendida la Iglesia de Dios por los sacerdotes, que
tan solemnemente se han ofrecido, ellos mismos, al ministerio. Al contrario,
bajo la autoridad del Obispo vigilen fielmente para que no sean realizadas
por otros estas deformaciones.
[32.] «Esfuércese el párroco para que la santísima
Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial de fieles; trabaje
para que los fieles se alimenten con la celebración piadosa de los
sacramentos, de modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima
Eucaristía y de la penitencia; procure moverles a la oración,
también en el seno de las familias, y a la participación consciente
y activa en la sagrada liturgia, que, bajo la autoridad del Obispo diocesano,
debe moderar el párroco en su parroquia, con la obligaci&oacAute;n
de vigilar para que no se introduzcan abusos».[74]
Aunque es oportuno que las celebraciones litúrgicas, especialmente
la santa Misa, sean preparadas de manera eficaz, siendo ayudado por algunos
fieles, sin embargo, de ningún modo debe ceder aquellas cosas que
son propias de su ministerio, en esta materia.
[33.] Por último, todos «los presbíteros procuren cultivar
convenientemente la ciencia y el arte litúrgicos, a fin de que por
su ministerio litúrgico las comunidades cristianas que se les han
encomendado alaben cada día con más perfección a Dios,
Padre, Hijo y Espíritu Santo».[75] Sobre
todo, deben estar imbuidos de la admiración y el estupor que la celebración
del misterio pascual, en la Eucaristía, produce en los corazones
de los fieles.[76]
Los diáconos
[34.] Los diáconos, «que reciben la imposición de manos
no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio»[77], hombres de buena fama[78], deben actuar
de tal manera, con la ayuda de Dios, que sean conocidos como verdaderos
discípulos[79] de aquel «que no ha venido
a ser servido sino a servir»[80] y estuvo en medio
de sus discípulos «como el que sirve».[81]
Y fortalecidos con el don del mismo Espíritu Santo, por la imposición
de las manos, sirven al pueblo de Dios en comunión con el Obispo
y su presbiterio.[82] Por tanto, tengan al Obispo como
padre, y a él y a los presbíteros, préstenles ayuda
«en el ministerio de la palabra, del altar y de la caridad».[83]
[35.] No dejen nunca de «vivir el misterio de la fe con alma limpia[84],
como dice el Apóstol, y proclamar esta fe, de palabra y de obra,
según el Evangelio y la tradición de la Iglesia»,[85]
sirviendo fielmente y con humildad, con todo el corazón, en la sagrada
Liturgia que es fuente y cumbre de toda la vida eclesial, «para que,
una vez hechos hijos de Dios por la fe y el Bautismo, todos se reúnan
para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen en el Sacrificio y
coman la cena del Señor».[86] Por tanto,
todos los diáconos, por su parte, empléense en esto, para
que la sagrada Liturgia sea celebrada conforme a las normas de los libros
litúrgicos debidamente aprobados.
CAPÍTULO II
LA PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES LAICOS
EN LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA
1. Una participación activa y consciente
[36.] La celebración de la Misa, como acción de Cristo y de
la Iglesia, es el centro de toda la vida cristiana, en favor de la Iglesia,
tanto universal como particular, y de cada uno de los fieles,[87]
a los que «de diverso modo afecta, según la diversidad de órdenes,
funciones y participación actual.[88] De este modo
el pueblo cristiano, “raza elegida, sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido”,[89] manifiesta su orden coherente y
jerárquico».[90] «El sacerdocio común
de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes
esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno
al otro, pues ambos participan de forma peculiar del único sacerdocio
de Cristo».[91]
[37.] Todos los fieles, por el bautismo, han sido liberados de sus pAecados
e incorporados a la Iglesia, destinados por el carácter al culto
de la religión cristiana,[92] para que por su sacerdocio
real,[93] perseverantes en la oración y en la alabanza
a Dios,[94] ellos mismos se ofrezcan como hostia viva,
santa, agradable a Dios y todas sus obras lo confirmen,[95] y testimonien a Cristo en todos los lugares de la tierra, dando
razón a todo el que lo pida, de que en él está la esperanza
de la vida eterna.[96] Por lo tanto, también la
participación de los fieles laicos en la celebración de la
Eucaristía, y en los otros ritos de la Iglesia, no puede equivaler
a una mera presencia, más o menos pasiva, sino que se debe valorar
como un verdadero ejercicio de la fe y la dignidad bautismal.
[38.] Así pues, la doctrina constante de la Iglesia sobre la naturaleza
de la Eucaristía, no sólo convival sino también, y
sobre todo, como sacrificio, debe ser rectamente considerada como una de
las claves principales para la plena participación de todos los fieles
en tan gran Sacramento.[97] «Privado de su valor
sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el
de un encuentro convival fraterno».[98]
[39.] Para promover y manifestar una participación activa, la reciente
renovación de los libros litúrgicos, según el espíritu
del Concilio, ha favorecido las aclamaciones del pueblo, las respuestas,
salmos, antífonas, cánticos, así como acciones, gestos
y posturas corporales, y el sagrado silencio que cuidadosamente se debe
observar en algunos momentos, como prevén las rúbricas, también
de parte de los fieles.[99] Además, se ha dado
un amplio espacio a una adeAcuada libertad de adaptación, fundamentada
sobre el principio de que toda celebración responda a la necesidad,
a la capacidad, a la mentalidad y a la índole de los participantes,
conforme a las facultades establecidas en las normas litúrgicas.
En la elección de los cantos, melodías, oraciones y lecturas
bíblicas; en la realización de la homilía; en la preparación
de la oración de los fieles; en las moniciones que a veces se pronuncian;
y en adornar la iglesia en los diversos tiempos; existe una amplia posibilidad
de que en toda celebración se pueda introducir, cómodamente,
una cierta variedad para que aparezca con mayor claridad la riqueza de la
tradición litúrgica y, atendiendo a las necesidades pastorales,
se comunique diligentemente el sentido peculiar de la celebración,
de modo que se favorezca la participación interior. También
se debe recordar que la fuerza de la acción litúrgica no está
en el cambio frecuente de los ritos, sino, verdaderamente, en profundizar
en la palabra de Dios y en el misterio que se celebra. [100]
[40.] Sin embargo, por más que la liturgia tiene, sin duda alguna,
esta característica de la participación activa de todos los
fieles, no se deduce necesariamente que todos deban realizar otras cosas,
en sentido material, además de los gestos y posturas corporales,
como si cada uno tuviera que asumir, necesariamente, una tarea litúrgica
específica. La catequesis procure con atención que se corrijan
las ideas y los comportamientos superficiales, que en los últimos
años se han difundido en algunas partes, en esta materia; y despierte
siempre en los fieles un renovado sentimiento de gran admiración
frente a la altura del misterio de fe, que es la Eucaristía, en cuya
celebraciónA la Iglesia pasa continuamente «de lo viejo a lo
nuevo»[101] En efecto, en la celebración
de la Eucaristía, como en toda la vida cristiana, que de ella saca
la fuerza y hacia ella tiende, la Iglesia, a ejemplo de Santo Tomás
apóstol, se postra en adoración ante el Señor crucificado,
muerto, sepultado y resucitado «en la plenitud de su esplendor divino,
y perpetuamente exclama: ¡Señor mío y Dios mío!».[102].
[41.] Son de gran utilidad, para suscitar, promover y alentar esta disposición
interior de participación litúrgica, la asidua y difundida
celebración de la Liturgia de las Horas, el uso de los sacramentales
y los ejercicios de la piedad popular cristiana. Este tipo de ejercicios
«que, aunque en el rigor del derecho no pertenecen a la sagrada Liturgia,
tienen, sin embargo, una especial importancia y dignidad», se deben
conservar por el estrecho vínculo que existe con el ordenamiento
litúrgico, especialmente cuando han sido aprobados y alabados por
el mismo Magisterio;[103]
esto vale sobre todo para el rezo del rosario.[104] Además,
estas prácticas de piedad conducen al pueblo cristiano a frecuentar
los sacramentos, especialmente la Eucaristía, «también
a meditar los misterios de nuestra redención y a imitar los insignes
ejemplos de los santos del cielo, que nos hacen así participar en
el culto litúrgico, no sin gran provecho espiritual».[105]
[42.] Es necesario reconocer que la Iglesia no se reúne por voluntad
humana, sino convocada por Dios en el Espíritu Santo, y responde
por la fe a su llamada gratuita (en efecto, ekklesia tiene relación
con Klesis, esto es, llamada).[106] Ni el Sacrificio
eucAarístico se debe considerar como «concelebración»,
en sentido unívoco, del sacerdote al mismo tiempo que del pueblo
presente.[107] Al contrario, la Eucaristía celebrada
por los sacerdotes es un don «que supera radicalmente la potestad
de la asamblea [...]. La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía
necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea eucarística,
un sacerdote ordenado que la presida. Por otra parte, la comunidad no está
capacitada para darse por sí sola el ministro ordenado».[108]
Urge la necesidad de un interés común para que se eviten todas
las ambigüedades en esta materia y se procure el remedio de las dificultades
de estos últimos años. Por tanto, solamente con precaución
se emplearán términos como «comunidad celebrante»
o «asamblea celebrante», en otras lenguas vernáculas:
«celebrating assembly», «assemblée célébrante»,
«assemblea celebrante», y otros de este tipo.
Tareas de los fieles laicos en la celebración de la santa Misa
[43.] Algunos de entre los fieles laicos ejercen, recta y laudablemente,
tareas relacionadas con la sagrada Liturgia, conforme a la tradición,
para el bien de la comunidad y de toda la Iglesia de Dios.[109]
Conviene que se distribuyan y realicen entre varios las tareas o las diversas
partes de una misma tarea.[110]
[44.] Además de los ministerios instituidos, de lector y de acólito,
[111] entre las tareas arriba mencionadas, en primer
lugar están los de acólito[112] y de lector[113]
con un encargo temporal, a los que se unen otros servicios, descritos en
el Misal Romano,[
[45.] Se debe evitar el peligro de oscurecer la complementariedad entre
la acción de los clérigos y los laicos, para que las tareas
de los laicos no sufran una especie de «clericalización»,
como se dice, mientras los ministros sagrados asumen indebidamente lo que
es propio de la vida y de las acciones de los fieles laicos.[116]
[46.] El fiel laico que es llamado para prestar una ayuda en las celebraciones
litúrgicas, debe estar debidamente preparado y ser recomendable por
su vida cristiana, fe, costumbres y su fidelidad hacia el Magisterio de
la Iglesia. Conviene que haya recibido la formación litúrgica
correspondiente a su edad, condición, género de vida y cultura
religiosa. [117] No se elija a ninguno cuya designación
pueda suscitar el asombro de los fieles.[118]
[47.] Es muy loable que se conserve la benemérita costumbre de que
niños o jóvenes, denominados normalmente monaguillos, estén
presentes y realicen un servicio junto al altar, como acólitos, y
reciban una catequesis conveniente, adaptada a su capacidad, sobre esta
tarea.[119] No se puede olvidar que del conjunto de estos
niños, a lo largo de los siglos, ha surgido un número considerable
de ministros sagrados.[120] Institúyanse y promu&eacuAte;vanse
asociaciones para ellos, en las que también participen y colaboren
los padres, y con las cuales se proporcione a los monaguillos una atención
pastoral eficaz. Cuando este tipo de asociaciones tenga carácter
internacional, le corresponde a la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos erigirlas, aprobarlas y reconocer sus
estatutos.[121] A esta clase de servicio al altar pueden
ser admitidas niñas o mujeres, según el juicio del Obispo
diocesano y observando las normas establecidas.[122]
CAPÍTULO III
LA CELEBRACIÓN CORRECTA DE LA SANTA MISA
1. La materia de la santísima Eucaristía
[48.] El pan que se emplea en el santo Sacrificio de la Eucaristía
debe ser ázimo, de sólo trigo y hecho recientemente, para
que no haya ningún peligro de que se corrompa.[123]
Por consiguiente, no puede constituir la materia válida, para la
realización del Sacrificio y del Sacramento eucarístico, el
pan elaborado con otras sustancias, aunque sean cereales, ni aquel que lleva
mezcla de una sustancia diversa del trigo, en tal cantidad que, según
la valoración común, no se puede llamar pan de trigo.[124]
Es un abuso grave introducir, en la fabricación del pan para la Eucaristía,
otras sustancias como frutas, azúcar o miel. Es claro que las hostias
deben ser preparadas por personas que no sólo se distingan por su
honestidad, sino que además sean expertas en la elaboración
y dispongan de los instrumentos adecuados.[125]
[49.] Conviene, en razón del signo, que algunas partes del pan eucarístico
que resultan de la fracción del pan, Ase distribuyan al menos a algunos
fieles, en la Comunión. «No obstante, de ningún modo
se excluyen las hostias pequeñas, cuando lo requiere el número
de los que van a recibir la sagrada Comunión, u otras razones pastorales
lo exijan»;[126] más bien, según
la costumbre, sean usadas sobretodo formas pequeñas, que no necesitan
una fracción ulterior.
[50.] El vino que se utiliza en la celebración del santo Sacrificio
eucarístico debe ser natural, del fruto de la vid, puro y sin corromper,
sin mezcla de sustancias extrañas.[127] En la
misma celebración de la Misa se le debe mezclar un poco de agua.
Téngase diligente cuidado de que el vino destinado a la Eucaristía
se conserve en perfecto estado y no se avinagre.[128]
Está totalmente prohibido utilizar un vino del que se tiene duda
en cuanto a su carácter genuino o a su procedencia, pues la Iglesia
exige certeza sobre las condiciones necesarias para la validez de los sacramentos.
No se debe admitir bajo ningún pretexto otras bebidas de cualquier
género, que no constituyen una materia válida.
2. La Plegaria eucarística
[51.] Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarística que
se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente
aprobadas por la Sede Apostólica, en la forma y manera que se determina
en la misma aprobación. «No se puede tolerar que algunos sacerdotes
se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas»,[129]
ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos
por personas privadas.[130]
[52.] La proclamación de la Plegaria Eucarística, que por
su misma naturaleza es como la cumbre de toda la Acelebración, es
propia del sacerdote, en virtud de su misma ordenación. Por tanto,
es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean
pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno
sólo o por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística,
por lo tanto, debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el
Sacerdote.[131]
[53.] Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística,
«no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán
en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales»,[132]
salvo las aclamaciones del pueblo, como rito aprobado, de que se hablará
más adelante.
[54.] Sin embargo, el pueblo participa siempre activamente y nunca de forma
puramente pasiva: «se asocia al sacerdote en la fe y con el silencio,
también con las intervenciones indicadas en el curso de la Plegaria
Eucarística, que son: las respuestas en el diálogo del Prefacio,
el Santo, la aclamación después de la consagración
y la aclamación «Amén», después de la doxología
final, así como otras aclamaciones aprobadas por la Conferencia de
Obispos y confirmadas por la Santa Sede».[133]
[55.] En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte
la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración
de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la
Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.
[56.] En la Plegaria Eucarística no se omita la mención del
Sumo Pontífice y del Obispo diocesano, conservando así una
antiquísima tradición y manifestando la comunión eclesial.
En efecto, «la reunión eclesial de la asamAblea eucarística
es comunión con el propio Obispo y con el Romano Pontífice».[134]
3. Las otras partes de la Misa
[57.] Es un derecho de la comunidad de fieles que, sobre todo en la celebración
dominical, haya una música sacra adecuada e idónea, según
costumbre, y siempre el altar, los paramentos y los paños sagrados,
según las normas, resplandezcan por su dignidad, nobleza y limpieza.
[58.] Igualmente, todos los fieles tienen derecho a que la celebración
de la Eucaristía sea preparada diligentemente en todas sus partes,
para que en ella sea proclamada y explicada con dignidad y eficacia la palabra
de Dios; la facultad de seleccionar los textos litúrgicos y los ritos
debe ser ejercida con cuidado, según las normas, y las letras de
los cantos de la celebración Litúrgica custodien y alimenten
debidamente la fe de los fieles.
[59.] Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos,
o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí
o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando
hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada
Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia.
[60.] En la celebración de la Misa, la liturgia de la palabra y la
liturgia eucarística están íntimamente unidas entre
sí y forman ambas un sólo y el mismo acto de culto. Por lo
tanto, no es lícito separar una de otra, ni celebrarlas en lugares
y tiempos diversos.[135] Tampoco está permitido
realizar cada parte de la sagrada Misa en momentos diversos, aunque sea
el mismo día.
[61.] Para elegir las lecturas bíblicas, que se deben proclamar en
la celebración de la Misa, seA deben seguir las normas que se encuentran
en los libros litúrgicos,[136] a fin de que verdaderamente
«la mesa de la Palabra de Dios se prepare con más abundancia
para los fieles y se abran a ellos los tesoros bíblicos».[137]
[62.] No está permitido omitir o sustituir, arbitrariamente, las
lecturas bíblicas prescritas ni, sobre todo, cambiar «las lecturas
y el salmo responsorial, que contienen la Palabra de Dios, con otros textos
no bíblicos».[138]
[63.] La lectura evangélica, que «constituye el momento culminante
de la liturgia de la palabra»,[139] en las celebraciones
de la sagrada Liturgia se reserva al ministro ordenado, conforme a la tradición
de la Iglesia.[140] Por eso no está permitido
a un laico, aunque sea religioso, proclamar la lectura evangélica
en la celebración de la santa Misa; ni tampoco en otros casos, en
los cuales no sea explícitamente permitido por las normas.[141]
[64.] La homilía, que se hace en el curso de la celebración
de la santa Misa y es parte de la misma Liturgia,[142]
«la hará, normalmente, el mismo sacerdote celebrante, o él
se la encomendará a un sacerdote concelebrante, o a veces, según
las circunstancias, también al diácono, pero nunca a un laico.[143]
En casos particulares y por justa causa, también puede hacer la homilía
un obispo o un presbítero que está presente en la celebración,
aunque sin poder concelebrar».[144]
[65.] Se recuerda que debe tenerse por abrogada, según lo prescrito
en el canon 767 § 1, cualquier norma precedente que admitiera a los
fieles no ordenados para poder Ahacer la homilía en la celebración
eucarística.[145] Se reprueba esta concesión,
sin que se pueda admitir ninguna fuerza de la costumbre.
[66.] La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro
de la celebración de la Misa, también es válida para
los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los
que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para
cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación,
de laicos.[146]
[67.] Sobre todo, se debe cuidar que la homilía se fundamente estrictamente
en los misterios de la salvación, exponiendo a lo largo del año
litúrgico, desde los textos de las lecturas bíblicas y los
textos litúrgicos, los misterios de la fe y las normas de la vida
cristiana, y ofreciendo un comentario de los textos del Ordinario y del
Propio de la Misa, o de los otros ritos de la Iglesia.[147]
Es claro que todas las interpretaciones de la sagrada Escritura deben conducir
a Cristo, como eje central de la economía de la salvación,
pero esto se debe realizar examinándola desde el contexto preciso
de la celebración litúrgica. Al hacer la homilía, procúrese
iluminar desde Cristo los acontecimientos de la vida. Hágase esto,
sin embargo, de tal modo que no se vacíe el sentido auténtico
y genuino de la palabra de Dios, por ejemplo, tratando sólo de política
o de temas profanos, o tomando como fuente ideas que provienen de movimientos
pseudo-religiosos de nuestra época.[148]
[68.] El Obispo diocesano vigile con atención la homilía,[149]
difundiendo, entre los ministros sagrados, incluso normas, orientaciones
y ayudas, y promoviendo a este fin reuniones y otras Ainiciativas; de esta
manera tendrán ocasión frecuente de reflexionar con mayor
atención sobre el carácter de la homilía y encontrarán
también una ayuda para su preparación.
[69.] En la santa Misa y en otras celebraciones de la sagrada Liturgia no
se admita un «Credo» o Profesión de fe que no se encuentre
en los libros litúrgicos debidamente aprobados.
[70.] Las ofrendas que suelen presentar los fieles en la santa Misa, para
la Liturgia eucarística, no se reducen necesariamente al pan y al
vino para celebrar la Eucaristía, sino que también pueden
comprender otros dones, que son ofrecidos por los fieles en forma de dinero
o bien de otra manera útil para la caridad hacia los pobres. Sin
embargo, los dones exteriores deben ser siempre expresión visible
del verdadero don que el Señor espera de nosotros: un corazón
contrito y el amor a Dios y al prójimo, por el cual nos configuramos
con el sacrificio de Cristo, que se entregó a sí mismo por
nosotros. Pues en la Eucaristía resplandece, sobre todo, el misterio
de la caridad que Jesucristo reveló en la Última Cena, lavando
los pies de los discípulos. Con todo, para proteger la dignidad de
la sagrada Liturgia, conviene que las ofrendas exteriores sean presentadas
de forma apta. Por lo tanto, el dinero, así como otras ofrendas para
los pobres, se pondrán en un lugar oportuno, pero fuera de la mesa
eucarística.[150] Salvo el dinero y, cuando sea
el caso, una pequeña parte de los otros dones ofrecidos, por razón
del signo, es preferible que estas ofrendas sean presentadas fuera de la
celebración de la Misa.
[71.] Consérvese la costumbre del Rito romano, de dar la paz un poco
antes de distribuir la sagrada Comunión, como está establAecido
en el Ordinario de la Misa. Además, conforme a la tradición
del Rito romano, esta práctica no tiene un sentido de reconciliación
ni de perdón de los pecados, sino que más bien significa la
paz, la comunión y la caridad, antes de recibir la santísima
Eucaristía.[151] En cambio, el sentido de reconciliación
entre los hermanos se manifiesta claramente en el acto penitencial que se
realiza al inicio de la Misa, sobre todo en la primera de sus formas.
[72.] Conviene «que cada uno dé la paz, sobriamente, sólo
a los más cercanos a él». «El sacerdote puede
dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio,
para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si,
por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles». «En
cuanto al signo para darse la paz, establezca el modo la Conferencia de
Obispos», con el reconocimiento de la Sede Apostólica, «según
la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos».[152]
[73.] En la celebración de la santa Misa, la fracción del
pan eucarístico la realiza solamente el sacerdote celebrante, ayudado,
si es el caso, por el diácono o por un concelebrante, pero no por
un laico; se comienza después de dar la paz, mientras se dice el
«Cordero de Dios». El gesto de la fracción del pan, «realizada
por Cristo en la Última Cena, que en el tiempo apostólico
dio nombre a toda la acción eucarística, significa que los
fieles, siendo muchos, forman un solo cuerpo por la comunión de un
solo pan de vida, que es Cristo muerto y resucitado para la salvación
del mundo (1 Cor 10, 17)».[153] Por esto, se debe realizar el rito con gran respeto.[154A]
Sin embargo, debe ser breve. El abuso, extendido en algunos lugares, de
prolongar sin necesidad este rito, incluso con la ayuda de laicos, contrariamente
a las normas, o de atribuirle una importancia exagerada, debe ser corregido
con gran urgencia.[155]
[74.] Si se diera la necesidad de que instrucciones o testimonios sobre
la vida cristiana sean expuestos por un laico a los fieles congregados en
la iglesia, siempre es preferible que esto se haga fuera de la celebración
de la Misa. Por causa grave, sin embargo, está permitido dar este
tipo de instrucciones o testimonios, después de que el sacerdote
pronuncie la oración después de la Comunión. Pero esto
no puede hacerse una costumbre. Además, estas instrucciones y testimonios
de ninguna manera pueden tener un sentido que pueda ser confundido con la
homilía,[156] ni se permite que por ello se suprima
totalmente la homilía.
4. La unión de varios ritos con la celebración de la Misa
[75.] Por el sentido teológico inherente a la celebración
de la eucaristía o de un rito particular, los libros litúrgicos
permiten o prescriben, algunas veces, la celebración de la santa
Misa unida con otro rito, especialmente de los Sacramentos.[157]
En otros casos, sin embargo, la Iglesia no admite esta unión, especialmente
cuando lo que se añadiría tiene un carácter superficial
y sin importancia.
[76.] Además, según la antiquísima tradición
de la Iglesia romana, no es lícito unir el Sacramento de la Penitencia
con la santa Misa y hacer así una única acción litúrgica.
Esto no impide que algunos sacerdotes, independientemente de los que celebran
o concelebran la Misa, escuchen las confesiones de los fieles que lo deseen,
inclusAo mientras en el mismo lugar se celebra la Misa, para atender las
necesidades de los fieles.[158] Pero esto, hágase
de manera adecuada.
[77.] La celebración de la santa Misa de ningún modo puede
ser intercalada como añadido a una cena común, ni unirse con
cualquier tipo de banquete. No se celebre la Misa, a no ser por grave necesidad,
sobre una mesa de comedor[159], o en el comedor, o en
el lugar que será utilizado para un convite, ni en cualquier sala
donde haya alimentos, ni los participantes en la Misa se sentarán
a la mesa, durante la celebración. Si, por una grave necesidad, se
debe celebrar la Misa en el mismo lugar donde después será
la cena, debe mediar un espacio suficiente de tiempo entre la conclusión
de la Misa y el comienzo de la cena, sin que se muestren a los fieles, durante
la celebración de la Misa, alimentos ordinarios.
[78.] No está permitido relacionar la celebración de la Misa
con acontecimientos políticos o mundanos, o con otros elementos que
no concuerden plenamente con el Magisterio de la Iglesia Católica.
Además, se debe evitar totalmente la celebración de la Misa
por el simple deseo de ostentación o celebrarla según el estilo
de otras ceremonias, especialmente profanas, para que la Eucaristía
no se vacíe de su significado auténtico.
[79.] Por último, el abuso de introducir ritos tomados de otras religiones
en la celebración de la santa Misa, en contra de lo que se prescribe
en los libros litúrgicos, se debe juzgar con gran severidad.
CAPÍTULO IV
LA SAGRADA COMUNIÓN
1. Las disposiciones para recibir la sagrada Comunión
[80.] La EucaristíAa sea propuesta a los fieles, también,
«como antídoto por el que somos liberados de las culpas cotidianas
y preservados de los pecados mortales»,[160] como
se muestra claramente en diversas partes de la Misa. Por lo que se refiere
al acto penitencial, situado al comienzo de la Misa, este tiene la finalidad
de disponer a todos para que celebren adecuadamente los sagrados misterios,[161]
aunque «carece de la eficacia del sacramento de la Penitencia»,[162]
y no se puede pensar que sustituye, para el perdón de los pecados
graves, lo que corresponde al sacramento de la Penitencia. Los pastores
de almas cuiden diligentemente la catequesis, para que la doctrina cristiana
sobre esta materia se transmita a los fieles.
[81.] La costumbre de la Iglesia manifiesta que es necesario que cada uno
se examine a sí mismo en profundidad,[163] para
que quien sea consciente de estar en pecado grave no celebre la Misa ni
comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión
sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad
de confesarse; en este caso, recuerde que está obligado a hacer un
acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse
cuanto antes.[164]
[82.] Además, «la Iglesia ha dado normas que se orientan a
favorecer la participación frecuente y fructuosa de los fieles en
la Mesa eucarística y, al mismo tiempo, a determinar las condiciones
objetivas en las que no debe administrarse la comunión».[165]
[83.] Ciertamente, lo mejor es que todos aquellos que participan en la celebración
de la santa Misa y tiene las debidas condiciones, reciban en ella la sagrada
Comunión. Sin embargo, alguna vez sucede que los fieles se acercan
en grupo e indiscriAminadamente a la mesa sagrada. Es tarea de los pastores
corregir con prudencia y firmeza tal abuso.
[84.] Además, donde se celebre la Misa para una gran multitud o,
por ejemplo, en las grandes ciudades, debe vigilarse para que no se acerquen
a la sagrada Comunión, por ignorancia, los no católicos o,
incluso, los no cristianos, sin tener en cuenta el Magisterio de la Iglesia
en lo que se refiere a la doctrina y la disciplina. Corresponde a los Pastores
advertir en el momento oportuno a los presentes sobre la verdad y disciplina
que se debe observar estrictamente.
[85.] Los ministros católicos administran lícitamente los
sacramentos, sólo a los fieles católicos, los cuales, igualmente,
los reciben lícitamente sólo de ministros católicos,
salvo lo que se prescribe en los canon 844 §§ 2, 3 y 4, y en el
canon 861 § 2.[166] Además, las condiciones
establecidas por el canon 844 § 4, de las que nada se puede derogar,[167]
son inseparables entre sí; por lo que es necesario que siempre sean
exigidas simultáneamente.
[86.] Los fieles deben ser guiados con insistencia hacia la costumbre de
participar en el sacramento de la penitencia, fuera de la celebración
de la Misa, especialmente en horas establecidas, para que así se
pueda administrar con tranquilidad, sea para ellos de verdadera utilidad
y no se impida una participación activa en la Misa. Los que frecuente
o diariamente suelen comulgar, sean instruidos para que se acerquen al sacramento
de la penitencia cada cierto tiempo, según la disposición
de cada uno.[168]
[87.] La primera Comunión de los niños debe estar siempre
precedida de la confesión y absolución sacramental.[169] Además, la primera Comunión siempre Adebe ser
administrada por un sacerdote y, ciertamente, nunca fuera de la celebración
de la Misa. Salvo casos excepcionales, es poco adecuado que se administre
el Jueves Santo, «in Cena Domini». Es mejor escoger otro día,
como los domingos II-VI de Pascua, la solemnidad del Santísimo Cuerpo
y Sangre de Cristo o los domingos del Tiempo Ordinario, puesto que el domingo
es justamente considerado como el día de la Eucaristía.[170]
No se acerquen a recibir la sagrada Eucaristía «los niños
que aún no han llegado al uso de razón o los que» el
párroco «no juzgue suficientemente dispuestos».[171]
Sin embargo, cuando suceda que un niño, de modo excepcional con respecto
a los de su edad, sea considerado maduro para recibir el sacramento, no
se le debe negar la primera Comunión, siempre que esté suficientemente
instruido.
2. La distribución de la sagrada Comunión
[88.] Los fieles, habitualmente, reciban la Comunión sacramental
de la Eucaristía en la misma Misa y en el momento prescrito por el
mismo rito de la celebración, esto es, inmediatamente después
de la Comunión del sacerdote celebrante.[172]
Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es
el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y este no debe
proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles.
Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios
pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.[173]
[89.] Para que también «por los signos, aparezca mejor que
la Comunión es participación en el Sacrificio que se está
celebrando»,[174] es deseable que los fieles puedaAn
recibirla con hostias consagradas en la misma Misa.[175]
[90.] «Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca
la Conferencia de Obispos», con la confirmación de la Sede
Apostólica. «Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes
de recibir el Sacramento, la debida reverencia, que deben establecer las
mismas normas».[176]
[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar
que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes
los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido
por el derecho recibirlos».[177] Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a
quien el derecho no se lo prohiba, debe ser admitido a la sagrada Comunión.
Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a
un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía
arrodillado o de pie.
[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la
sagrada Comunión en la boca,[178] si el que va
a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde
la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación
de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia.
Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma
inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo
en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación,
no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.[179]
[93.] La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener,
para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.[180]
[94.] No está permitido quAe los fieles tomen la hostia consagrada
ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que
se lo pasen entre sí de mano en mano».[181]
En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos,
en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.
[95.] El fiel laico «que ya ha recibido la santísima Eucaristía,
puede recibirla otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración
eucarística en la que participe, quedando a salvo lo que prescribe
el c. 921 § 2».[182]
[96.] Se reprueba la costumbre, que es contraria a las prescripciones de
los libros litúrgicos, de que sean distribuidas a manera de Comunión,
durante la Misa o antes de ella, ya sean hostias no consagradas ya sean
otros comestibles o no comestibles. Puesto que estas costumbres de ningún
modo concuerdan con la tradición del Rito romano y llevan consigo
el peligro de inducir a confusión a los fieles, respecto a la doctrina
eucarística de la Iglesia. Donde en algunos lugares exista, por concesión,
la costumbre particular de bendecir y distribuir pan, después de
la Misa, téngase gran cuidado de que se dé una adecuada catequesis
sobre este acto. No se introduzcan otras costumbres similares, ni sean utilizadas
para esto, nunca, hostias no consagradas.
3. La Comunión de los sacerdotes
[97.] Cada vez que celebra la santa Misa, el sacerdote debe comulgar en
el altar, cuando lo determina el Misal, pero antes de que proceda a la distribución
de la Comunión, lo hacen los concelebrantes. Nunca espere para comulgar,
el sacerdote celebrante o los concelebrantes, hasta que termine la comunión
del pueblo.[183]
[98.] La Comunión de los sacerdotes concelebArantes se realice según
las normas prescritas en los libros litúrgicos, utilizando siempre
hostias consagradas en esa misma Misa[184] y recibiendo
todos los concelebrantes, siempre, la Comunión bajo las dos especies.
Nótese que si un sacerdote o diácono entrega a los concelebrantes
la hostia sagrada o el cáliz, no dice nada, es decir, en ningún
caso pronuncia las palabras «el Cuerpo de Cristo» o «la
Sangre de Cristo».
[99.] La Comunión bajo las dos especies está siempre permitida
«a los sacerdotes que no pueden celebrar o concelebrar en la acción
sagrada».[185]
4. La Comunión bajo las dos especies
[100.] Para que, en el banquete eucarístico, la plenitud del signo
aparezca ante los fieles con mayor claridad, son admitidos a la Comunión
bajo las dos especies también los fieles laicos, en los casos indicados
en los libros litúrgicos, con la debida catequesis previa y en el
mismo momento, sobre los principios dogmáticos que en esta materia
estableció el Concilio Ecuménico Tridentino.[186]
[101.] Para administrar a los fieles laicos la sagrada Comunión bajo
las dos especies, se deben tener en cuenta, convenientemente, las circunstancias,
sobre las que deben juzgar en primer lugar los Obispos diocesanos. Se debe
excluir totalmente cuando exista peligro, incluso pequeño, de profanación
de las sagradas especies.[187] Para una mayor coordinación,
es necesario que la Conferencia de Obispos publique normas, con la aprobación
de la Sede Apostólica, por medio de la Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, especialmente lo que se
refiere «al modo de distribuir a los fieles la sagrada Comunión
bajo las dos Aespecies y a la extensión de la facultad».[188]
[102.] No se administre la Comunión con el cáliz a los fieles
laicos donde sea tan grande el número de los que van a comulgar[189] que resulte difícil calcular la cantidad de vino para
la Eucaristía y exista el peligro de que «sobre demasiada cantidad
de Sangre de Cristo, que deba sumirse al final de la celebración»;[190]
tampoco donde el acceso ordenado al cáliz sólo sea posible
con dificultad, o donde sea necesaria tal cantidad de vino que sea difícil
poder conocer su calidad y su proveniencia, o cuando no esté disponible
un número suficiente de ministros sagrados ni de ministros extraordinarios
de la sagrada Comunión que tengan la formación adecuada, o
donde una parte importante del pueblo no quiera participar del cáliz,
por diversas y persistentes causas, disminuyendo así, en cierto modo,
el signo de unidad.
[103.] Las normas del Misal Romano admiten el principio de que, en los casos
en que se administra la sagrada Comunión bajo las dos especies, «la
sangre del Señor se puede tomar bebiendo directamente del cáliz,
o por intinción, o con una pajilla, o una cucharilla».[191]
Por lo que se refiere a la administración de la Comunión a
los fieles laicos, los Obispos pueden excluir, en los lugares donde no sea
costumbre, la Comunión con pajilla o con cucharilla, permaneciendo
siempre, no obstante, la opción de distribuir la Comunión
por intinción. Pero si se emplea esta forma, utilícense hostias
que no sean ni demasiado delgadas ni demasiado pequeñas, y el comulgante
reciba del sacerdote el sacramento, solamente en la boca.[192]
[104.] No se permita al comulgante Amojar por sí mismo la hostia
en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se
refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida
y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no
consagrado o de otra materia.
[105.] Si no es suficiente un cáliz, para la distribución
de la Comunión bajo las dos especies a los sacerdotes concelebrantes
o a los fieles, nada impide que el sacerdote celebrante utilice varios cálices.[193]
Recuérdese, no obstante, que todos los sacerdotes que celebran la
santa Misa tienen que realizar la Comunión bajo las dos especies.
Empléese laudablemente, por razón del signo, un cáliz
principal más grande, junto con otros cálices más pequeños.
[106.] Sin embargo, se debe evitar completamente, después de la consagración,
echar la Sangre de Cristo de un cáliz a otro, para excluir cualquier
cosa de pueda resultar un agravio de tan gran misterio. Para contener la
Sangre del Señor nunca se utilicen frascos, vasijas u otros recipientes
que no respondan plenamente a las normas establecidas.
[107.] Según la normativa establecida en los cánones, «quien
arroja por tierra las especies consagradas, o las lleva o retiene con una
finalidad sacrílega, incurre en excomunión latae sententiae
reservada a la Sede Apostólica; el clérigo puede ser castigado
además con otra pena, sin excluir la expulsión del estado
clerical».[194] En este caso se debe considerar
incluida cualquier acción, voluntaria y grave, de desprecio a las
sagradas especies. De donde si alguno actúa contra las normas arriba
indicadas, por ejemplo, arrojando las sagradas especies en el lavabo de
la sacristía, o en un lugar indigno, o por Ael suelo, incurre en
las penas establecidas.[195] Además, recuerden
todos que al terminar la distribución de la sagrada Comunión,
dentro de la celebración de la Misa, hay que observar lo que prescribe
el Misal Romano, y sobre todo que el sacerdote o, según las normas,
otro ministro, de inmediato debe sumir en el altar, íntegramente,
el vino consagrado que quizá haya quedado; las hostias consagradas
que han sobrado, o las consume el sacerdote en el altar o las lleva al lugar
destinado para la reserva de la Eucaristía.[196]
CAPÍTULO V
OTROS ASPECTOS QUE SE REFIEREN A LA EUCARISTÍA
1. El lugar de la celebración de la santa Misa
[108.] «La celebración eucarística se ha de hacer en
lugar sagrado, a no ser que, en un caso particular, la necesidad exija otra
cosa; en este caso, la celebración debe realizarse en un lugar digno».[197]
De la necesidad del caso juzgará, habitualmente, el Obispo diocesano
para su diócesis.
[109.] Nunca es lícito a un sacerdote celebrar la Eucaristía
en un templo o lugar sagrado de cualquier religión no cristiana.
2. Diversos aspectos relacionados con la santa Misa
[110.] «Los sacerdotes, teniendo siempre presente que en el misterio
del Sacrificio eucarístico se realiza continuamente la obra de la
redención, deben celebrarlo frecuentemente; es más, se recomienda
encarecidamente la celebración diaria, la cual, aunque no pueda tenerse
con asistencia de fieles, es una acción de Cristo y de la Iglesia,
en cuya realización los sacerdotes cumplen su principal ministerio».[198]
[111.] En la celebracióA;n o concelebración de la Eucaristía,
«admítase a celebrar a un sacerdote, aunque el rector de la
iglesia no lo conozca, con tal de que presente cartas comendaticias»
de la Sede Apostólica, o de su Ordinario o de su Superior, dadas
al menos en el año, las enseñe «o pueda juzgarse prudentemente
que nada le impide celebrar».[199] El Obispo debe
proveer para que desaparezcan las costumbres contrarias.
[112.] La Misa se celebra o bien en lengua latina o bien en otra lengua,
con tal de que se empleen textos litúrgicos que hayan sido aprobados,
según las normas del derecho. Exceptuadas las celebraciones de la
Misa que, según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica
establece que se hagan en la lengua del pueblo, siempre y en cualquier lugar
es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.[200]
[113.] Cuando una Misa es concelebrada por varios sacerdotes, al pronunciar
la Plegaria Eucarística, utilícese la lengua que sea conocida
por todos los sacerdotes concelebrantes y por el pueblo congregado. Cuando
suceda que entre los sacerdotes haya algunos que no conocen la lengua de
la celebración y, por lo tanto, no pueden pronunciar debidamente
las partes propias de la Plegaria Eucarística, no concelebren, sino
que preferiblemente asistan a la celebración revestidos de hábito
coral, según las normas.[201]
[114.] «En las Misas dominicales de la parroquia, como ‘comunidad
eucarística’, es normal que se encuentren los grupos, movimientos,
asociaciones y las pequeñas comunidades religiosas presentes en ella».[202]
Aunque es lícito celebrar la Misa, según las normas del derecho,
para grupos particulares,[203] estos grupos de ningAuna
manera están exentos de observar fielmente las normas litúrgicas.
[115.] Se reprueba el abuso de que sea suspendida de forma arbitraria la
celebración de la santa Misa en favor del pueblo, bajo el pretexto
de promover el «ayuno de la Eucaristía», contra las normas
del Misal Romano y la sana tradición del Rito romano.
[116.] No se multipliquen las Misas, contra la norma del derecho, y sobre
los estipendios obsérvese todo lo que manda el derecho.[204]
3. Los vasos sagrados
[117.] Los vasos sagrados, que están destinados a recibir el Cuerpo
y la Sangre del Señor, se deben fabricar, estrictamente, conforme
a las normas de la tradición y de los libros litúrgicos.[205]
Las Conferencias de Obispos tienen la facultad de decidir, con la aprobación
de la Sede Apostólica, si es oportuno que los vasos sagrados también
sean elaborados con otros materiales sólidos. Sin embargo, se requiere
estrictamente que este material, según la común estimación
de cada región, sea verdaderamente noble,[206]
de manera que con su uso se tribute honor al Señor y se evite absolutamente
el peligro de debilitar, a los ojos de los fieles, la doctrina de la presencia
real de Cristo en las especies eucarísticas. Por lo tanto, se reprueba
cualquier uso por el que son utilizados para la celebración de la
Misa vasos comunes o de escaso valor, en lo que se refiere a la calidad,
o carentes de todo valor artístico, o simples cestos, u otros vasos
de cristal, arcilla, creta y otros materiales, que se rompen fácilmente.
Esto vale también de los metales y otros materiales, que se corrompen
fácilmente.[207]
[118] Los vasos sagrados, antes de ser utilizados, son bendecidos por el
saceArdote con el rito que se prescribe en los libros litúrgicos.[208]
Es laudable que la bendición sea impartida por el Obispo diocesano,
que juzgará si los vasos son idóneos para el uso al cual están
destinados.
[119.] El sacerdote, vuelto al altar después de la distribución
de la Comunión, de pie junto al altar o en la credencia, purifica
la patena o la píxide sobre el cáliz; después purifica
el cáliz, como prescribe el Misal, y seca el cáliz con el
purificador. Cuando está presente el diácono, este regresa
al altar con el sacerdote y purifica los vasos. También se permite
dejar los vasos para purificar, sobre todo si son muchos, sobre el corporal
y oportunamente cubiertos, en el altar o en la credencia, de forma que sean
purificados por el sacerdote o el diácono, inmediatamente después
de la Misa, una vez despedido el pueblo. Del mismo modo, el acólito
debidamente instituido ayuda al sacerdote o al diácono en la purificación
y arreglo de los vasos sagrados, ya sea en el altar, ya sea en la credencia.
Ausente el diácono, el acólito litúrgicamente instituido
lleva los vasos sagrados a la credencia, donde los purifica, seca y arregla,
de la forma acostumbrada.[209]
[120.] Cuiden los pastores que los paños de la sagrada mesa, especialmente
los que reciben las sagradas especies, se conserven siempre limpios y se
laven con frecuencia, conforme a la costumbre tradicional. Es laudable que
se haga de esta manera: que el agua del primer lavado, hecho a mano, se
vierta en un recipiente apropiado de la iglesia o sobre la tierra, en un
lugar adecuado. Después de esto, se puede lavar nuevamente del modo
acostumbrado.
4. Las vestiduras litúrgicas
[121.] «La diversidad de los colores en las vestidurAas sagradas tiene
como fin expresar con más eficacia, aun exteriormente, tanto las
características de los misterios de la fe que se celebran como el
sentido progresivo de la vida cristiana a lo largo del año litúrgico».[210]
También la diversidad «de ministerios se manifiesta exteriormente,
al celebrar la Eucaristía, en la diversidad de las vestiduras sagradas».
Pero estas «vestiduras deben contribuir al decoro de la misma acción
sagrada».[211]
[122.] «El alba», está «ceñida a la cintura
con el cíngulo, a no ser que esté confeccionada de tal modo
que se adhiera al cuerpo sin cíngulo. Antes de ponerse el alba, si
no cubre totalmente el vestido común alrededor del cuello, empléese
el amito».[212]
[123.] «La vestidura propia del sacerdote celebrante, en la Misa y
en otras acciones sagradas que directamente se relacionan con ella, es la
casulla o planeta, si no se indica otra cosa, revestida sobre el alba y
la estola».[213] Igualmente, el sacerdote que se
reviste con la casulla, conforme a las rúbricas, no deje de ponerse
la estola. Todos los Ordinarios vigilen para que sea extirpada cualquier
costumbre contraria.
[124.] En el Misal Romano se da la facultad de que los sacerdotes que concelebran
en la Misa, excepto el celebrante principal, que siempre debe llevar la
casulla del color prescrito, puedan omitir «la casulla o planeta y
usar la estola sobre el alba», cuando haya una justa causa, por ejemplo
el gran número de concelebrantes y la falta de ornamentos.[214]
Sin embargo, en el caso de que esta necesidad se pueda prever, en cuanto
sea posible, provéase. Los concelebrantes, a excepción del
celebrante principal, pueden también lAlevar la casulla de color
blanco, en caso de necesidad. Obsérvense, en lo demás, las
normas de los libros litúrgicos.
[125.] La vestidura propia del diácono es la dalmática, puesta
sobre el alba y la estola. Para conservar la insigne tradición de
la Iglesia, es recomendable no usar la facultad de omitir la dalmática.[215]
[126.] Sea reprobado el abuso de que los sagrados ministros realicen la
santa Misa, incluso con la participación de sólo un asistente,
sin llevar las vestiduras sagradas, o con sólo la estola sobre la
cogulla monástica, o el hábito común de los religiosos,
o la vestidura ordinaria, contra lo prescrito en los libros litúrgicos.[216]
Los Ordinarios cuiden de que este tipo de abusos sean corregidos rápidamente
y haya, en todas las iglesias y oratorios de su jurisdicción, un
número adecuado de ornamentos litúrgicos, confeccionados según
las normas.
[127.] En los libros litúrgicos se concede la facultad especial,
para los días más solemnes, de usar vestiduras sagradas festivas
o de mayor dignidad, aunque no sean del color del día.[217] Esta facultad, que también se aplica adecuadamente
a los ornamentos fabricados hace muchos años, a fin de conservar
el patrimonio de la Iglesia, es impropio extenderla a las innovaciones,
para que así no se pierdan las costumbres transmitidas y el sentido
de estas normas de la tradición no sufra menoscabo, por el uso de
formas y colores según la inclinación de cada uno. Cuando
sea un día festivo, los ornamentos sagrados de color dorado o plateado
pueden sustituir a los de otros colores, pero no a los de color morado o
negro.
[128.] La santa Misa y las otras celebraciones litúrgicas, que son
accióA;n de Cristo y del pueblo de Dios jerárquicamente constituido,
sean organizadas de tal manera que los sagrados ministros y los fieles laicos,
cada uno según su condición, participen claramente. Por eso
es preferible que «los presbíteros presentes en la celebración
eucarística, si no están excusados por una justa causa, ejerzan
la función propia de su Orden, como habitualmente, y participen por
lo tanto como concelebrantes, revestidos con las vestiduras sagradas. De
otro modo, lleven el hábito coral propio o la sobrepelliz sobre la
vestidura talar».[218] No es apropiado, salvo los
casos en que exista una causa razonable, que participen en la Misa, en cuanto
al aspecto externo, como si fueran fieles laicos.
CAPÍTULO VI
LA RESERVA DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA
Y SU CULTO FUERA DE LA MISA
1. La reserva de la santísima Eucaristía
[129.] «La celebración de la Eucaristía en el Sacrificio
de la Misa es, verdaderamente, el origen y el fin del culto que se le tributa
fuera de la Misa. Las sagradas especies se reservan después de la
Misa, principalmente con el objeto de que los fieles que no pueden estar
presentes en la Misa, especialmente los enfermos y los de avanzada edad,
puedan unirse a Cristo y a su sacrificio, que se inmola en la Misa, por
la Comunión sacramental».[219] Además,
esta reserva permite también la práctica de tributar adoración
a este gran Sacramento, con el culto de latría, que se debe a Dios.
Por lo tanto, es necesario que se promuevan vivamente aquellas formas de
culto y adoración, no sólo privada sino también pública
y comunitaria, instituidas o aprobadas por la misma IglesiaA.[220]
[130.] «Según la estructura de cada iglesia y las legítimas
costumbres de cada lugar, el Santísimo Sacramento será reservado
en un sagrario, en la parte más noble de la iglesia, más insigne,
más destacada, más convenientemente adornada» y también,
por la tranquilidad del lugar, «apropiado para la oración»,
con espacio ante el sagrario, así como suficientes bancos o asientos
y reclinatorios.[221] Atiéndase diligentemente,
además, a todas las prescripciones de los libros litúrgicos
y a las normas del derecho, [222] especialmente para
evitar el peligro de profanación.[223]
[131.] Además de lo prescrito en el can. 934 § 1, se prohibe
reservar el Santísimo Sacramento en los lugares que no están
bajo la segura autoridad del Obispo diocesano o donde exista peligro de
profanación. Si esto ocurriera, el Obispo revoque inmediatamente
la facultad, ya concedida, de reservar la Eucaristía.[224]
[132.] Nadie lleve la Sagrada Eucaristía a casa o a otro lugar, contra
las normas del derecho. Se debe tener presente, además, que sustraer
o retener las sagradas especies con un fin sacrílego, o arrojarlas,
constituye uno de los «graviora delicta», cuya absolución
está reservada a la Congregación para la Doctrina de la Fe.[225]
[133.] El sacerdote o el diácono, o el ministro extraordinario, cuando
el ministro ordinario esté ausente o impedido, que lleva al enfermo
la Sagrada Eucaristía para la Comunión, irá directamente,
en cuanto sea posible, desde el lugar donde se reserva el Sacramento hasta
el domicilio del enfermo, excluyendo mientras tanto cualquier otra actividad
pArofana, para evitar todo peligro de profanación y para guardar
el máximo respeto al Cuerpo de Cristo. Además, sígase
siempre el ritual para administrar la Comunión a los enfermos, como
se prescribe en el Ritual Romano.[226]
2. Algunas formas de culto a la santísima Eucaristía fuera
de la Misa
[134.] «El culto que se da a la Eucaristía fuera de la Misa
es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. Dicho culto está
estrechamente unido a la celebración del sacrificio Eucarístico».[227]
Por lo tanto, promuévase insistentemente la piedad hacia la santísima
Eucaristía, tanto privada como pública, también fuera
de la Misa, para que sea tributada por los fieles la adoración a
Cristo, verdadera y realmente presente,[228] que es «pontífice
de los bienes futuros»[229] y Redentor del universo.
«Corresponde a los sagrados Pastores animar, también con el
testimonio personal, el culto eucarístico, particularmente la exposición
del santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presente
bajo las especies eucarísticas».[230]
[135.] «La visita al santísimo Sacramento», los fieles,
«no dejen de hacerla durante el día, puesto que el Señor
Jesucristo, presente en el mismo, como una muestra de gratitud, prueba de
amor y un homenaje de la debida adoración».[231] La contemplación de Jesús, presente en el santísimo
Sacramento, en cuanto es comunión espiritual, une fuertemente a los
fieles con Cristo, como resplandece en el ejemplo de tantos Santos.[232] «La Iglesia en la que está reservada la santísima
Eucarist&iacAute;a debe quedar abierta a los fieles, por lo menos algunas
horas al día, a no ser que obste una razón grave, para que
puedan hacer oración ante el santísimo Sacramento».[233]
[136.] El Ordinario promueva intensamente la adoración eucarística
con asistencia del pueblo, ya sea breve, prolongada o perpetua. En los últimos
años, de hecho, en tantos «lugares la adoración del
Santísimo Sacramento tiene cotidianamente una importancia destacada
y se convierte en fuente inagotable de santidad», aunque también
hay «sitios donde se constata un abandono casi total del culto de
adoración eucarística».[234]
[137.] La exposición de la santísima Eucaristía hágase
siempre como se prescribe en los libros litúrgicos.[235]
Además, no se excluya el rezo del rosario, admirable «en su
sencillez y en su profundidad»,[236] delante de
la reserva eucarística o del santísimo Sacramento expuesto.
Sin embargo, especialmente cuando se hace la exposición, se evidencie
el carácter de esta oración como contemplación de los
misterios de la vida de Cristo Redentor y de los designios salvíficos
del Padre omnipotente, sobre todo empleando lecturas sacadas de la sagrada
Escritura.[237]
[138.] Sin embargo, el santísimo Sacramento nunca debe permanecer
expuesto sin suficiente vigilancia, ni siquiera por un tiempo muy breve.
Por lo tanto, hágase de tal forma que, en momentos determinados,
siempre estén presentes algunos fieles, al menos por turno.
[139.] Donde el Obispo diocesano dispone de ministros sagrados u otros que
puedan ser designados para esto, es un derecho de los fieles visitar frecuentemente
el santísimo sacraAmento de la Eucaristía para adorarlo y,
al menos algunas veces en el transcurso de cada año, participar de
la adoración ante la santísima Eucaristía expuesta.
[140.] Es muy recomendable que, en las ciudades o en los núcleos
urbanos, al menos en los mayores, el Obispo diocesano designe una iglesia
para la adoración perpetua, en la cual se celebre también
la santa Misa, con frecuencia o, en cuanto sea posible, diariamente; la
exposición se interrumpirá rigurosamente mientras se celebra
la Misa.[238] Conviene que en la Misa, que precede inmediatamente
a un tiempo de adoración, se consagre la hostia que se expondrá
a la adoración y se coloque en la custodia, sobre el altar, después
de la Comunión.[239]
[141.] El Obispo diocesano reconozca y, en la medida de lo posible, aliente
a los fieles en su derecho de constituir hermandades o asociaciones para
practicar la adoración, incluso perpetua. Cuando esta clase de asociaciones
tenga carácter internacional, corresponde a la Congregación
para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos erigirlas o aprobar
sus estatutos.[240]
3. Las procesiones y los congresos eucarísticos
[142.] «Corresponde al Obispo diocesano dar normas sobre las procesiones,
mediante las cuales se provea a la participación en ellas y a su
decoro»[241] y promover la adoración de
los fieles.
[143.] «Como testimonio público de veneración a la santísima
Eucaristía, donde pueda hacerse a juicio del Obispo diocesano, téngase
una procesión por las calles, sobre todo en la solemnidad del Cuerpo
y Sangre de Cristo»,[242] ya que la devota «participación
de los fieles en la procesi&Aoacute;n eucarística de la solemnidad
del Cuerpo y Sangre de Cristo es una gracia de Dios que cada año
llena de gozo a quienes toman parte en ella».[243]
[144.] Aunque en algunos lugares esto no se pueda hacer, sin embargo, conviene
no perder la tradición de realizar procesiones eucarísticas.
Sobre todo, búsquense nuevas maneras de realizarlas, acomodándolas
a los tiempos actuales, por ejemplo, en torno al santuario, en lugares de
la Iglesia o, con permiso de la autoridad civil, en parques públicos.
[145.] Sea considerada de gran valor la utilidad pastoral de los Congresos
Eucarísticos, que «son un signo importante de verdadera fe
y caridad».[244] Prepárense con diligencia
y realícense conforme a lo establecido,[245] para
que los fieles veneren de tal modo los sagrados misterios del Cuerpo y la
Sangre del Hijo de Dios, que experimenten los frutos de la redención.[246]
CAPÍTULO VII
MINISTERIOS EXTRAORDINARIOS
DE LOS FIELES LAICOS
[146.] El sacerdocio ministerial no se puede sustituir
en ningún modo. En efecto, si falta el sacerdote en la comunidad,
esta carece del ejercicio y la función sacramental de Cristo, Cabeza
y Pastor, que pertenece a la esencia de la vida misma de la comunidad. [247] Puesto que «sólo el sacerdote válidamente
ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía,
actuando in persona Christi».[248]
[147.] Sin embargo, donde la necesidad de la Iglesia así lo aconseje,
faltando los ministros sagrados, pueden los fieles laicos suplir algunas
tareas litúrgicas, conforme a las normas del derecho.[A249]
Estos fieles son llamados y designados para desempeñar unas tareas
determinadas, de mayor o menor importancia, fortalecidos por la gracia del
Señor. Muchos fieles laicos se han dedicado y se siguen dedicando
con generosidad a este servicio, sobre todo en los países de misión,
donde aún la Iglesia está poco extendida, o se encuentra en
circunstancias de persecución,[250] pero también
en otras regiones afectadas por la escasez de sacerdotes y diáconos.
[148.] Sobre todo, debe considerarse de gran importancia la formación
de los catequistas, que con grandes esfuerzos han dado y siguen dando una
ayuda extraordinaria y absolutamente necesaria al crecimiento de la fe y
de la Iglesia.[251]
[149.] Muy recientemente, en algunas diócesis de antigua evangelización,
son designados fieles laicos como «asistentes pastorales», muchísimos
de los cuales, sin duda, han sido útiles para el bien de la Iglesia,
facilitando la acción pastoral desempeñada por el Obispo,
los presbíteros y los diáconos. Vigílese, sin embargo,
que la determinación de estas tareas no se asimile demasiado a la
forma del ministerio pastoral de los clérigos. Por lo tanto, se debe
cuidar que los «asistentes pastorales» no asuman aquello que
propiamente pertenece al servicio de los ministros sagrados.
[150.] La actividad del asistente pastoral se dirige a facilitar el ministerio
de los sacerdotes y diáconos, a suscitar vocaciones al sacerdocio
y al diaconado y, según las normas del derecho, a preparar cuidadosamente
los fieles laicos, en cada comunidad, para las distintas tareas litúrgicas,
según la variedad de los carismas.
[151.] Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros
extraordinarios, en la ceAlebración de la Liturgia. Pero esto, no
está previsto para asegurar una plena participación a los
laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional.[252]
Además, donde por necesidad se recurra al servicio de los ministros
extraordinarios, multiplíquense especiales y fervientes peticiones
para que el Señor envíe pronto un sacerdote para el servicio
de la comunidad y suscite abundantes vocaciones a las sagradas órdenes.[253]
[152.] Por lo tanto, estos ministerios de mera suplencia no deben ser ocasión
de una deformación del mismo ministerio de los sacerdotes, de modo
que estos descuiden la celebración de la santa Misa por el pueblo
que les ha sido confiado, la personal solicitud hacia los enfermos, el cuidado
del bautismo de los niños, la asistencia a los matrimonios, o la
celebración de las exequias cristianas, que ante todo conciernen
a los sacerdotes, ayudados por los diáconos. Así pues, no
suceda que los sacerdotes, en las parroquias, cambien indiferentemente con
diáconos o laicos las tareas pastorales, confundiendo de esta manera
lo específico de cada uno.
[153.] Además, nunca es lícito a los laicos asumir las funciones
o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras
similares.
1. El ministro extraordinario de la sagrada Comunión
[154.] Como ya se ha recordado, «sólo el sacerdote válidamente
ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía,
actuando in persona Christi».[254] De donde el
nombre de «ministro de la Eucaristía» sólo se
refiere, propiamente, al sacerdote. También, en razón de la
sagrada Ordenación, los ministros ordinarios de la sagrada Comunión
son el ObiAspo, el presbítero y el diácono,[255]
a los que corresponde, por lo tanto, administrar la sagrada Comunión
a los fieles laicos, en la celebración de la santa Misa. De esta
forma se manifiesta adecuada y plenamente su tarea ministerial en la Iglesia,
y se realiza el signo del sacramento.
[155.] Además de los ministros ordinarios, está el acólito
instituido ritualmente, que por la institución es ministro extraordinario
de la sagrada Comunión, incluso fuera de la celebración de
la Misa. Todavía, si lo aconsejan razones de verdadera necesidad,
conforme a las normas del derecho,[256] el Obispo diocesano
puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario,
ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en
la manera debida la bendición. Sin embargo, este acto de designación
no tiene necesariamente una forma litúrgica, ni de ningún
modo, si tiene lugar, puede asemejarse la sagrada Ordenación. Sólo
en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración
eucarística puede dar un permiso ad actum.[257]
[156.] Este ministerio se entienda conforme a su nombre en sentido estricto,
este es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, pero no «ministro
especial de la sagrada Comunión», ni «ministro extraordinario
de la Eucaristía», ni «ministro especial de la Eucaristía»;
con estos nombres es ampliado indebida e impropiamente su significado.
[157.] Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados,
también para la distribución de la sagrada Comunión,
no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión.
En tales circunstancias, los que han sido designados para este minisAterio,
no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que,
a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir
la comunión, encomendando esta tarea a laicos.[258]
[158.] El ministro extraordinario de la sagrada Comunión podrá
administrar la Comunión solamente en ausencia del sacerdote o diácono,
cuando el sacerdote está impedido por enfermedad, edad avanzada,
o por otra verdadera causa, o cuando es tan grande el número de los
fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de
la Misa se prolongaría demasiado.[259] Pero esto
debe entenderse de forma que una breve prolongación sería
una causa absolutamente insuficiente, según la cultura y las costumbres
propias del lugar.
[159.] Al ministro extraordinario de la sagrada Comunión nunca le
está permitido delegar en ningún otro para administrar la
Eucaristía, como, por ejemplo, los padres o el esposo o el hijo del
enfermo que va a comulgar.
[160.] El Obispo diocesano examine de nuevo la praxis en esta materia durante
los últimos años y, si es conveniente, la corrija o la determine
con mayor claridad. Donde por una verdadera necesidad se haya difundido
la designación de este tipo de ministros extraordinarios, corresponde
al Obispo diocesano, teniendo presente la tradición de la Iglesia,
dar las directrices particulares que establezcan el ejercicio de esta tarea,
según las normas del derecho.
2. La predicación
[161.] Como ya se ha dicho, la homilía, por su importancia y naturaleza,
dentro de la Misa está reservada al sacerdote o al diácono.[260]
Por lo que se refiere a otras formas de predicación, si concurren
especiales necesidades que lo requieran, o cuando en caAsos particulares
la utilidad lo aconseje, pueden ser admitidos fieles laicos para predicar
en una iglesia u oratorio, fuera de la Misa, según las normas del
derecho.[261] Lo cual puede hacerse solamente por la
escasez de ministros sagrados en algunos lugares, para suplirlos, sin que
se pueda convertir, en ningún caso, la excepción en algo habitual,
ni se debe entender como una auténtica promoción del laicado.[262]
Además, recuerden todos que la facultad para permitir esto, en un
caso determinado, se reserva a los Ordinarios del lugar, pero no concierne
a otros, incluso presbíteros o diáconos.
4. Celebraciones particulares que se realizan en ausencia del sacerdote
[162.] La Iglesia, en el día que se llama «domingo»,
se reúne fielmente para conmemorar la resurrección del Señor
y todo el misterio pascual, especialmente por la celebración de la
Misa.[263] De hecho, «ninguna comunidad cristiana
se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración
de la santísima Eucaristía».[264]
Por lo que el pueblo cristiano tiene derecho a que sea celebrada la Eucaristía
en su favor, los domingos y fiestas de precepto, o cuando concurran otros
días festivos importantes, y también diariamente, en cuanto
sea posible. Por esto, donde el domingo haya dificultad para la celebración
de la Misa, en la iglesia parroquial o en otra comunidad de fieles, el Obispo
diocesano busque las soluciones oportunas, juntamente con el presbiterio.[265]
Entre las soluciones, las principales serán llamar para esto a otros
sacerdotes o que los fieles se trasladen a otra iglesia de un lugar cercano,
para participar del misterio eucarístico.[266]
[163.] Todos los sacerdotAes, a quienes ha sido entregado el sacerdocio
y la Eucaristía «para» los otros,[267]
recuerden su encargo para que todos los fieles tengan oportunidad de cumplir
con el precepto de participar en la Misa del domingo.[268]
Por su parte, los fieles laicos tienen derecho a que ningún sacerdote,
a no ser que exista verdadera imposibilidad, rechace nunca celebrar la Misa
en favor del pueblo, o que esta sea celebrada por otro sacerdote, si de
diverso modo no se puede cumplir el precepto de participar en la Misa, el
domingo y los otros días establecidos.
[164.] «Cuando falta el ministro sagrado u otra causa grave hace imposible
la participación en la celebración eucarística»,[269]
el pueblo cristiano tiene derecho a que el Obispo diocesano, en lo posible,
procure que se realice alguna celebración dominical para esa comunidad,
bajo su autoridad y conforme a las normas de la Iglesia. Pero esta clase
de celebraciones dominicales especiales, deben ser consideradas siempre
como absolutamente extraordinarias. Por lo tanto, ya sean diáconos
o fieles laicos, todos los que han sido encargados por el Obispo diocesano
para tomar parte en este tipo de celebraciones, «considerarán
como cometido suyo el mantener viva en la comunidad una verdadera “hambre”
de la Eucaristía, que lleve a no perder ocasión alguna de
tener la celebración de la Misa, incluso aprovechando la presencia
ocasional de un