El sacramento de la Penitencia o del Perdón o de la Reconciliación es un sacramento esencial en la vida cristiana. Sale perdiendo la misma comunidad cristiana y el cristiano singular cuando se deja de celebrar el perdón.

Reconocemos de entrada que un amplio sector de la población cristiana ha dejado de lado la celebración del sacramento de la penitencia. “Se comulga más que se confiesa”, es una observación que muchos constatan. En muchos ha dejado de existir aquella pregunta al sacerdote: “¿Puedo comulgar?”.

En esta sección iremos tratando este sacramento a lo largo del año.

PRELIMINARES

 

1. Cambio de nombre
Aunque la práctica nos lleva a hablar de “sacramento de la confesión”, tenemos que decir que no es terminología correcta.

Confesión: no es el término más adecuado para designar el sacramento. Se toma la parte por el todo. La confesión, dentro de la totalidad de la celebración sacramental, no es lo más importante del sacramento. ¿De qué sirve decir pecados si de ellos no hay arrepentimiento ni voluntad de cambio?

Los nombres del sacramento
Sacramento de la conversión: porque el sacramento realiza la llamada de Jesús a la conversión (Mc 1,15; Lc 15,18), la vuelta a la casa del Padre de la que se había salido.

Sacramento de la Penitencia: porque señala un proceso personal y eclesial de conversión; la acción de convertirse va acompañada de acciones penitenciales, es decir, de acciones que suponen cambio que ‘hace daño’, que cuesta. No se puede seguir a Jesús sin dejar comportamientos que se tenían antes.

Sacramento del perdón: porque por la absolución del sacerdote, Dios concede al penitente el perdón y la paz.

Sacramento de la reconciliación: porque otorga al pecador un estatus nuevo de reconciliación, de encuentro o reencuentro. “Dejaos reconciliar con Dios” (2 Cor 5,20); “Ve primero a reconciliarte con tu hermano" (Mt 5,24).

Sacramento de la confesión: el nombre más popular con el que se conoce este sacramento por la manifestación o confesión de los propios pecados al sacerdote, elemento importante en el sacramento. También porque esta manifestación de los pecados tiene sentido en el contexto de “confesión de fe”: Dios puede perdonar mis pecados, Dios es santo y su santidad y misericordia borra mis pecados.

2. Confesarse tiene sentido
La gran “pega” que muchos creyentes ponen a este sacramento es que “no tiene sentido”. Y lo dicen con honradez. Pero quizás sin una visión amplia de lo que es el sacramento de la penitencia. Si el sacramento se reduce a decir los pecados, no tiene sentido decir mis pecados a un hombre como yo o más pecador que yo. Me basta decírselos a Dios.
Lo esencial del sacramento es el amor de Dios que me atrae y me hace cambiar, emprender una vida nueva de conversión ayudado por una comunidad y en el seno de una comunidad.

3. Sentirse pecador
Me llama mucho la atención cuando dialogo con algunos creyentes que se acercan a celebrar el sacramento de la penitencia de forma individual la respuesta que escucho ante la pregunta: ¿Te sientes pecador? Es bastante ordinario escuchar respuestas como éstas: “¡Ay, padre, yo no! Yo hago mi vida normal, no me meto con nadie ni anda de eso”.
Uno tiene la tentación de responder: “¿Entonces que haces aquí?”.

Ser pecador no es una desgracia. Es una realidad humana y cristiana. Ser pecador es la confesión de que tenemos una tarea: “ser santos e inmaculados ante Él” (Ef 5,27); “Si decimos: ‘no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1,8); “sed, pues, perfectos como vuestro Padre” (Mt 5,48).
Ser pecadores no es una desgracia, es una gracia, una oportunidad de experimentar el amor de Dios tras el bautismo. La vida recibida en la iniciación cristiana no ha suprimido nuestra fragilidad y debilidades ni la inclinación al pecado. De ahí la lucha de la conversión con miras a la santidad. La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en nosotros constantemente a través de la Iglesia, santa y ella misma necesitada de purificación constante.

La llamada a la conversión no es obra humana, sino llamada de Dios.

4. Sentido del pecado
Pecado es todo aquello que se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de él nuestro corazón y lo encierra en un círculo estrecho de egoísmo: preferimos lo nuestro y lo absolutizamos de tal manera que nos hacemos dioses. San Agustín define el pecado como “amor de sí hasta el desprecio de Dios”.

Muchos hombres y mujeres hoy no sienten que desprecien a Dios. No sienten a Dios. Sólo sienten que su vida está hecha y guiada por la razón, por lo que les parece verdad sin iluminación del evangelio. En este sentido, hay una ausencia de pecado. Nos mantenemos en unas relaciones humanas sin referencia a Dios y sin referencia a los demás nada más que dentro de los límites de la urbanidad. Tampoco se hacen grandes planteamientos sobre las repercusiones que tienen nuestras acciones de cara a la justicia, a la distribución de la riqueza, a la salvaguardia de la Naturaleza...

Se ha creado un “ambiente” o manera de relacionarse que no ve como pecado muchas cosas que desde una sensibilidad evangélica son insostenibles.

5. Diversidad de pecados
La tradición cristiana siempre admitió una gran variedad de pecados. Desde los escritos neotestamentarios vemos listas de pecados: Gál 5,19-21; Rom 1,28-32; 1 Cor 6,9-10; Ef 5,3-5; Col 3,5-8. Estas listas se hacen atendiendo, ya sea al objeto o a las virtudes a las que se oponen.

Pecado mortal y pecado venial
Es la clarificación de pecado más corriente y tradicional:

  • Pecado mortal: destruye la caridad, principio vital de la vida cristiana, en el corazón de la persona por una infracción grave a la ley de Dios; aparta al hombre de Dios.
  • Pecado venial: no se rompe totalmente la caridad, aunque se la ofende y se la hiere.

Para que exista pecado mortal se necesitan tres condiciones:

  • Materia grave: es decir todo aquello que afecta a las Palabras o Mandamientos de Dios.
  • Plena conciencia del carácter pecaminoso del acto.
  • Deliberado consentimiento o elección personal.

De todas formas, la conducta de las personas no se pueden medir como se miden o pesan realidades materiales. Es cierto que hay datos objetivos. Pero el misterio de la persona es insondable y es Dios quien es juez último de las acciones de las personas. Muchos moralistas hoy, con responsabilidad y fidelidad a la tradición cristiana, intentan dar explicaciones que ayuden a comprender hoy el sentido del pecado. Una sociedad de progreso, de bienestar está produciendo cambios inesperados en la misma persona y creando una situación de inmadurez generalizada que favorece un “ambiente de pecado global” difícilmente aplicable a la persona singular. No es tan fácil “delimitar” la culpabilidad de la persona en muchos casos.

  • Pecados capitales: son aquellos que generan otros pecados o vicios: la soberbia, la avaricia, la envidia, la aira, la lujuria, la gula, la pereza.
  • Pecados que claman al cielo: el pueblo cristiano habla de estos pecados por la incomprensible malicia que conllevan: la sangre de Abel, el lamento de los extranjeros, de las viudas, de algunos grupos de personas (las víctimas del terrorismo...).

 

REFLEXIÓN PASTORAL

  • No se trata de “rebajas” y de “conceder perdón” a bajo precio, o“hacer precio de favor o de amigo”. No adelantamos nada con eso. No es ese el problema ni el corazón del problema. El sacramento de la penitencia es un sacramento de conversión.
  • El corazón del problema es un ”estilo de vida misericordioso” que acoge al pecador y le da importancia porque es persona que quiere y puede ser de otra manera.
  • Con celebraciones del sacramento de la penitencia “de baja intensidad” no favorecemos la potenciación del sacramento. El Ritual de la Penitencia no ha entrado en la vida del pueblo cristiano. Hay confesiones “por devoción” o “por costumbre” que uno no sabe bien si cumplen lo esencial del sacramento. Hay “falta de confesiones” porque las comunidades cristianas no dan oportunidades reales a los fieles ni ponen horarios cómodos ni locales apropiados...
  • Perdonar y ser perdonado es una experiencia esencial en la vida. Porque es esencial hay que cuidarla, mimarla y hacerla viable en la comunidad local cristiana.
  • El sacramento de la penitencia es el más verbal de todos. Es fácil olvidar los gestos y convertirlo que sólo palabra. Se puede celebrar en cualquier sitio. Hoy las comunidades van dando importancia a los confesonarios y haciendo de ellos “uso múltiple” a elección de penitente. Es de alabar. Pero por las prisas o por no hacer esperar de hecho no han cambiado muchas cosas.
  • Para muchos celebrantes, presidentes y penitentes, no está clara aún la distinción entre sacramento y dirección espiritual. El sacramento no es un lugar de dirección espiritual ni gabinete de psicoterapeuta, aunque pedir perdón y sentirse perdonado tenga mucho que ver con la paz interior.

 

PARA LA REFLEXIÓN

Comentar en grupo qué formación moral damos a los niños y adolescentes cuando se aconfiesas de “pegarse, pelearse” con los hermanos, con los compañeros. Hay un elemento de educación moral que la autora propone y que mece la pena profundizar. La agresividad es factor humano de maduración. ¿Podemos sin más decir que es pecado la pelea? ¿Cómo enfocarlo? ¿Qué palabras decir al niño o la niña que se pelea para que lo viva como maduración y crecimiento y no como culpabilidad?

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