1. Cambio de nombre
Aunque la práctica nos lleva a hablar de “sacramento de la confesión”,
tenemos que decir que no es terminología correcta.
Confesión:
no es el término más adecuado para designar el sacramento.
Se toma la parte por el todo. La confesión, dentro de la totalidad
de la celebración sacramental, no es lo más importante del sacramento.
¿De qué sirve decir pecados si de ellos no hay arrepentimiento ni
voluntad de cambio?
Los nombres
del sacramento
Sacramento de la conversión:
porque el sacramento realiza la llamada de Jesús a la conversión (Mc
1,15; Lc 15,18), la vuelta a la casa del Padre de la que se había
salido.
Sacramento de la Penitencia:
porque señala un proceso personal y eclesial de conversión;
la acción de convertirse va acompañada de acciones penitenciales,
es decir, de acciones que suponen cambio que ‘hace daño’, que cuesta.
No se puede seguir a Jesús sin dejar comportamientos que se tenían
antes.
Sacramento del perdón: porque
por la absolución del sacerdote, Dios concede al penitente el perdón
y la paz.
Sacramento de la reconciliación:
porque otorga al pecador un estatus nuevo de reconciliación, de encuentro
o reencuentro. “Dejaos reconciliar con Dios” (2 Cor 5,20); “Ve primero
a reconciliarte con tu hermano" (Mt 5,24).
Sacramento de la confesión:
el nombre más popular con el que se conoce este sacramento
por la manifestación o confesión de los propios pecados al sacerdote,
elemento importante en el sacramento. También porque esta manifestación
de los pecados tiene sentido en el contexto de “confesión de fe”:
Dios puede perdonar mis pecados, Dios es santo y su santidad y misericordia
borra mis pecados.
2. Confesarse
tiene sentido
La gran “pega” que muchos creyentes ponen a este sacramento es que
“no tiene sentido”. Y lo dicen con honradez. Pero quizás sin una visión
amplia de lo que es el sacramento de la penitencia. Si el sacramento
se reduce a decir los pecados, no tiene sentido decir mis pecados
a un hombre como yo o más pecador que yo. Me basta decírselos a Dios.
Lo esencial del sacramento es el amor de Dios que me atrae y me hace
cambiar, emprender una vida nueva de conversión ayudado por una comunidad
y en el seno de una comunidad.
3. Sentirse
pecador
Me llama mucho la atención cuando dialogo con algunos creyentes que
se acercan a celebrar el sacramento de la penitencia de forma individual
la respuesta que escucho ante la pregunta: ¿Te sientes pecador? Es
bastante ordinario escuchar respuestas como éstas: “¡Ay, padre, yo
no! Yo hago mi vida normal, no me meto con nadie ni anda de eso”.
Uno tiene la tentación de responder: “¿Entonces que haces aquí?”.
Ser pecador no es una desgracia. Es
una realidad humana y cristiana. Ser pecador es la confesión de que
tenemos una tarea: “ser santos e inmaculados ante Él” (Ef 5,27); “Si
decimos: ‘no tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en
nosotros” (1 Jn 1,8); “sed, pues, perfectos como vuestro Padre” (Mt
5,48).
Ser pecadores no es una desgracia, es una gracia, una oportunidad
de experimentar el amor de Dios tras el bautismo. La vida recibida
en la iniciación cristiana no ha suprimido nuestra fragilidad y
debilidades ni la inclinación al pecado. De ahí la lucha de la conversión
con miras a la santidad. La llamada de Cristo a la conversión sigue
resonando en nosotros constantemente a través de la Iglesia, santa
y ella misma necesitada de purificación constante.
La llamada a la conversión no es obra
humana, sino llamada de Dios.
4. Sentido
del pecado
Pecado es todo aquello que se levanta contra el amor que Dios nos
tiene y aparta de él nuestro corazón y lo encierra en un círculo estrecho
de egoísmo: preferimos lo nuestro y lo absolutizamos de tal manera
que nos hacemos dioses. San Agustín define el pecado como “amor de
sí hasta el desprecio de Dios”.
Muchos hombres y mujeres hoy no sienten
que desprecien a Dios. No sienten a Dios. Sólo sienten que su vida
está hecha y guiada por la razón, por lo que les parece verdad sin
iluminación del evangelio. En este sentido, hay una ausencia de pecado.
Nos mantenemos en unas relaciones humanas sin referencia a Dios y
sin referencia a los demás nada más que dentro de los límites de la
urbanidad. Tampoco se hacen grandes planteamientos sobre las repercusiones
que tienen nuestras acciones de cara a la justicia, a la distribución
de la riqueza, a la salvaguardia de la Naturaleza...
Se ha creado un “ambiente” o manera
de relacionarse que no ve como pecado muchas cosas que desde una sensibilidad
evangélica son insostenibles.
5.
Diversidad de pecados
La tradición cristiana siempre admitió una gran variedad de pecados.
Desde los escritos neotestamentarios vemos listas de pecados: Gál
5,19-21; Rom 1,28-32; 1 Cor 6,9-10; Ef 5,3-5; Col 3,5-8. Estas listas
se hacen atendiendo, ya sea al objeto o a las virtudes a las que se
oponen.
Pecado mortal
y pecado venial
Es la clarificación de pecado más corriente y tradicional:
- Pecado mortal: destruye la caridad,
principio vital de la vida cristiana, en el corazón de la persona
por una infracción grave a la ley de Dios; aparta al hombre de
Dios.
- Pecado venial: no
se rompe totalmente la caridad, aunque se la ofende y se la hiere.
Para que exista pecado mortal se necesitan
tres condiciones:
- Materia grave:
es decir todo aquello que afecta a las Palabras o Mandamientos
de Dios.
- Plena conciencia del carácter
pecaminoso del acto.
- Deliberado consentimiento o elección personal.
De todas formas, la conducta de las
personas no se pueden medir como se miden o pesan realidades materiales.
Es cierto que hay datos objetivos. Pero el misterio de la persona
es insondable y es Dios quien es juez último de las acciones de
las personas. Muchos moralistas hoy, con responsabilidad y fidelidad
a la tradición cristiana, intentan dar explicaciones que ayuden
a comprender hoy el sentido del pecado. Una sociedad de progreso,
de bienestar está produciendo cambios inesperados en la misma persona
y creando una situación de inmadurez generalizada que favorece un
“ambiente de pecado global” difícilmente aplicable a la persona
singular. No es tan fácil “delimitar” la culpabilidad de la persona
en muchos casos.
- Pecados capitales:
son aquellos que generan otros pecados o vicios:
la soberbia, la avaricia, la envidia, la aira, la lujuria, la
gula, la pereza.
- Pecados que claman al cielo:
el pueblo cristiano habla de estos pecados por la incomprensible
malicia que conllevan: la sangre de Abel, el lamento de los extranjeros,
de las viudas, de algunos grupos de personas (las víctimas del
terrorismo...).