Quien firma estas líneas estuvo aquel 27 de agosto veinticuatro horas después de la elección de Juan Pablo I-en la playa de Polidoro con el cardenal Wojtyla. Con su ufanía de siempre nos contó que había venido de Polonia sin traje de baño, porque no se esperaba un calor tan horrible. Había tenido que comprar el que llevaba en unos grandes almacenes romanos. Durante media hora larga le vimos pasearse a ritmo de marcha por la playa alternando el paseo con largas zambullidas. Ni él ni nosotros imaginábamos la gran jugada que el Espíritu iba a hacernos un mes más tarde. Poco más de un mes más tarde: aquel 16 de octubre en el que a las cinco y cuarto de la tarde el nombre de Wojtyla sonó más de cien veces en la Capilla Sixtina.
En su álbum de notas el cardenal Wojtyla escribió aquel día una sola línea: «Hacia las cinco y cuarto de la tarde, Juan Pablo II». Sí, a esa hora nacía un hombre nuevo, moría en cierto modo Karol Wojtyla y nacía Juan Pablo II. Ahora, sí, quedaban definitivamente lejos los montes del Tatra, los esquís, las funciones de teatro juveniles, todo. Karol había sido definitivamente arrebatado por Dios, el amante celoso, que le había convertido en otro hombre, su Vicario, un hombre que de ahora en adelante se llamaría ya para siempre Juan Pablo.


J. L. MARTIN DESCALZO
Hemos tomado este artículo del
Álbun extraordinario que sacó ABC
con motivo de la vista del Papa
Juan Pablo II a España

Un Papa –se dice en Roma- es siempre un enigma vestido de blanco.” Porque normalmente el papado trasfigura y cambia muchas veces al cardenal que es esclavo de la Silla de Pedro. Pero también es cierto que todos somos hijos de nuestra historia, que son los ambientes en que hemos jugado de niños, soñado de jóvenes y luchado de adultos, quienes hacen nuestra alma tal y como ella es. Habrá, por tanto, que bucear en la lejana infancia y el la juventud de Karol Wojtyla para conocer a este hombre que se ha llamado Juan Pablo II.

Una infancia solitaria

El 20 de mayo de 1920 nace en Wadowice Karol Wojtyla. Un mes más tarde es bautizado en la iglesia parroquial de la pequeña ciudad (diez mil habitantes por entonces). Su padre se llama Karol y es un teniente retirado que trabaja en un pequeño puesto en la administración. Su madre se llama Emilia Kaczorowska y morirá cuando Karol tenga nueve años, aunque el futuro Papa -como ha declarado en una de las escasas alusiones hechas públicamente sobre su propia vida privada- guardará de ella un recuerdo muy profundo e imborrable. Karol es, por aquel tiempo, un muchacho absolutamente normal. Es en la escuela el alumno brillante que hay en todos los cursos y logra sacar las me

Emilia Kaczorowska, madre de Karol Wojtyla.
jores notas sin necesidad de convertirse en un empollón. Le encanta jugar al fútbol y lo hace siempre como portero. Y es miembro de la escuadra de monaguillos sin que pueda por ello calificársele de beato. Es, sí, un muchacho de tantos.
Pero aparecen ya algunas características que empiezan a definirle: es un chico meditador, un tanto silencioso, amigo de tomar sus resoluciones con calma. Un día, en que el cardenal de Cracovia, Sapieha, con el afán proselitista de todos los clérigos, pregunta a Karol -en una visita de confirmación- si le gustaría hacerse sacerdote, Wojtyla, enrojecido el rostro, responde: «No creo. No sé. No lo he pensado».
Sus padres el día de su boda
No será la suya una de esas vocaciones infantiles, espontáneas. Ha heredado de su padre una cierta hurañía y un gusto por repensarlo todo. A su padre le conocen en Wadowice con el mote de «boca perezosa», porque no le gusta hablar mucho y jamás lo ha hecho sin pensárselo dos veces. Le agrada la soledad y en el pueblo llegan a tenerle por insociable. Muerta su esposa, el ex teniente Karol no piensa en volver a casarse, aunque no le vendría nada mal una nueva madre para su hijo Karol que prácticamente muerta la primera hujita hace muchos años y estudiante de medicina en Cracovia el hermano trece años mayor que Karol es su único acompañante. Durante todos aquellos años será su pro
pio padre quien le prepare el desayuno y juntos se irán después a comer a la fonda Banas, ya que el exteniente no quiere tener en casa ni siquiera servicio doméstico.
En esta soledad le nacerá al pequeño Karol la mejor de sus aficiones: leer, leerlo todo, especialmente poesía y teatro que serán durante mucho tiempo sus primeras pasiones. Su cultura es centralmente polaca: los grandes poetas del país, los dramaturgos Slowacki, Wys-
pianski, Zeromski, muchas de cuyas obras comenzará a representar en el teatrito de la escuela y en el de la parroquia. Karol es un actor nato. Y tiene vocación de protagonista: siempre se le encargan los primeros papeles. Con frecuencia es además de primer actor, director de las obras que representa. En el pequeño Karol apunta ya ese impresionante «showman» que dirigirá multitudes en sus desplazamientos por los caminos del mundo siendo Papa.Y está también en él esa tendencia suya a oír -cuando dialoga con alguien- más que a hablar, como no sea en público. Seguramente de niño se le veía ya como siempre aparecería de obispo, de cardenal y hoy de Papa, con la
El pequeño Karol

cabeza -su recio mentón- apoyada en la mano derecha como si hubiera copiado el gesto de «El pensador», de Rodín. Y tenía seguramente de niño esa mirada tan suya -esos ojos de gato- que no mira a ningún sitio y en la que se mezcla la sensación de un pensamiento reconcentrado y una leve sonrisa irónica de quien se siente a gusto, hundido en sus propios pensamientos.

Universitario en Cracovia

En 1938 Karol ha concluido ya sus estudios primarios y medios (y ni siquiera sueña aún en la posibilidad de ser sacerdote) y su padre decide trasladarse a Cracovia para que su joven hijo pueda seguir los estudios en la Universidad. Su hermano mayor, Eduardo, había muerto ya en 1932 en circunstancias controvertidas: según la leyenda dorada, a consecuencia de haberse prestado a experimentar en si mismo -era médico en el hospital de Bielsko Biala- un nuevo tipo de vacuna; según los historiadores, víctima de una simple infección de escarlatína. La soledad iba cerrándose en torno al joven Karol.

En la escuela de Wadovice (el primero por la izquierda, arriba).
Mas la llegada a Cracovia iluminó su vida. Cracovia es, desde tantos aspectos, la ciudad más honda y hermosa de Polonia. Capital de la nación durante siglos, todas sus piedras rezumaban arte e historia y tenían sus habitantes esa mezcla de aristocracia y dignidad herida propias de los hijos de ciudades que fueron capitales y han dejado de serlo. Era Cracovia en 1938 una ciudad mezcla de pequeños burgueses y de universitarios, sin el cinturón obrero que hoy pesa
tanto en su personalidad. Los restos de la vieja aristocracia paseaban sus sueños por la gran plaza del mercado -una de las más hermosas de Europa- y exhibía la ciudad su universidad de Jagellon, una de las más antiguas del continente -en ella estudió y explicó Copérnico- y que mantenía en aquellos años un alto prestigio intelectual.
Es también la Cracovia de 1938 una ciudad profundamente religiosa: sus 80 iglesias -muchas de ellas del mejor tiempo del barroco- puntean todas sus calles. Y la ciudad se centra en el famoso Wawel, medio castillo medio fortaleza, medio catedral. Enterrados bajo sus bóvedas góticas están los santos que
El día de su primera comunión
forjarán el alma del futuro cardenal de Cracovia: San Estanislao -el santo mártir, víctima de la cólera del rey Boleslao- que será para Polonia toda -y más para Karol Wojtyla- el símbolo ardiente de la libertad de la fe. Cerca de su sepulcro está el de Santa Eduvigis, la reina que simboliza la ternura de la mujer polaca puesta al servicio de los pobres de la nación entera.
A los nueve años, con su madre.
Pero sobre todo en Cracovia encontrará el joven Woytyla -que duda entonces entre sus sueños de escritor y los de actor teatral- un prodigioso ambiente literario. En la Cueva de Michalik sabe que puede encontrar a los poetas que triunfan e incluso leer sus versos primerizos; en la Universidad de Jagellon pululan los grupos de teatro experimental. Un amigo, Jukiusz Kydrynsky, compañero de lengua y literatura polaca, le presentará en casa de la familia Szkocki, un verdadero cenáculo de cultura y arte. El alma de la casa es Irena Szkocka (a la que Wojtyla llamará siempre la abuelita y que será su refugio cuando se quede completamente

solo) una mujer inhabitual para su tiempo, que escribe en los periódicos y tiene una profunda pasión por la poesía polaca. En esta casa vivirá Karol lo mejor de su juventud: semanalmente se reúne allí todo un grupo de entusiastas. Zofía. la hija mayor, toca el piano. Los jóvenes poetas leen sus versos y escuchan las interminables disertaciones de Juliusz Osterwa actor, director y teórico teatral. Allí conocerá sobre todo a quien ha de ser su gran maestro teatral Mieczyslaw Kotlarczyk. A todos les unen dos grandes pasiones: el Arte y Polonia, dos temas que les exaltan y les preocupan. Porque sobre Polonia se ciernen ya oscuros nubarrones.

La bota de Hitler

El verano de 1939 fue para toda Europa tiempo de angustia. Las escuadras nazis se arman y adoptan una actitud desafiante frente a todos los pueblos limítrofes. Se huele la guerra.

El 1 de septiembre es primer viernes. Karol Wojtyla va, como es su costumbre, a oír misa a la catedral de Wawel. Se confiesa y ayuda a la misa de uno de sus amigos sacerdotes. Y, apenas pasada la consagración, suenan en el cielo las alarmas aéreas colocadas en los malecones del Vístula cercano. Se oyen desde el interior de la catedral los estallidos de las primeras bombas. Desde la terraza de Wawel, Karol Wojtyla puede ver la primera escuadrilla de trece aparatos Kdornier» que gira sobre la ciudad y acaba por dejar caer sus bombas sobre la calle Warszawska.
Años de estudiante, con su madrina María Wjadrowska.
Son bombas incendiarias y el cielo de la ciudad se puebla de humo.
Es la guerra. La radio polaca convoca a todos los hombres y jóvenes de más de catorce años. La orden es salir hacia el norte donde se espera poder establecer la resistencia contra la guerra relámpago de los ejércitos de Hitler. Recuerda que no debe huirse por ferrocarril: los trenes son el blanco perfecto para los bombarderos alemanes.
Y horas más tarde una gran caravana sale de Cracovia camino del norte. Gentes con petates, mochilas, maletas, mezcladas con los no muchos caches que hay en la ciudad y algunos vehículos militares cargados con los heridos de este primer bombardeo.
Entre los jóvenes de esta caravana está Karol Wojtyla. Va a pie y solo. Su padre, enfermo, queda en Cracovia. Karol tiene diecinueve años y se ve enrolado en una guerra que odia, como la odian todos los polacos. La marcha dura todo el día. En los pueblos que cruzan apenas hay comida. Falta, incluso, el agua. Lejos sigue oyéndose el fragor de los cañones. Las noticias son confusas. Hay voces que anuncian que los ejércitos polacos resisten. Otros hablan que la misma Varsovia ha caído ya.
En 1946 recibió la ordenación sacerdotal
Esa noche se duerme bajo las estrellas. ¿Se duerme? Durante el día ha visto tantos muertos que ¿quién podría dormir? Los caminos están llenos de animales muertos, de cuerpos humanos no enterrados. Y los polacos apenas se atreven a mirarse los unos a los otros: saben que su país no podrá resistir a un ejército infinitamente superior que, además, ha cogido a los suyos por sorpresa. ¿Vuelve Polonia a la vieja esclavitud? Hitler ha anunciado que el nombre de Polonia desaparecerá del mapa de Europa. Y los polacos empiezan a temer que tenga razón. A la mañana siguiente se intenta seguir el camino. Pero ya no es posible. Los carros de combate de Hitler han cortado la retirada y partido la nación en dos. Los ejércitos polacos cercados y sorprendidos se van entregando. Huye el Gobierno de Varsovia. Y la capital, capitula. Todo ha sido tan rápido que nadie puede creer
que la guerra haya terminado sin apenas empezar. Y hay que volver a Cracovia para encontrarse allí que la bandera con la cruz gamada ondea ya sobre las almenas de Wawel.
Después comienza una ocupación más dolorosa que la misma guerra. A la mañana siguiente comienzan las detenciones. Y pronto comienza a hablarse de Auschwitz, un lugar protegido por todas las cautelas pero sobre el que pronto comienzan a girar toda serie de amargos comentarios.
Una de las primeras batallas se da contra la cultura: una mañana las autoridades ocupantes invitan amablemente a todos los profesores de la Universidad de Jagellon a una reunión de estudio: van a prepararse los planes del nuevo curso y a estudiar las relaciones con las autoridades militares. Pero según van llegando los profesores van siendo introducidos en camiones que les conducen a esa oscura ciudad que es Auschwitz. La Universidad se cierra, todas las escuelas superiores son clausuradas.
La foto de fin de curso de 1936
¿Y Karol? Su padre empieza a estar cada día más enfermo. Hay que vivir de algo. Es necesario un trabajo para tener derecho a una cartilla de racionamiento. Hay que colgar los libros y colocarse donde se pueda. No son horas fáciles para encontrar trabajo. Pero al fin él y su amigo Kydrinski lo encuentran en las canteras de piedra de Zakrzowek, a cinco kilómetros de Cracovia. El trabajo es duro y angustioso. Los obreros están casi militarizados y la menor indiscreción puede causar la muerte. Cuando se va al trabajo hay que preguntarse si se llegará al anochecer. Por la noche no se sabe si alguien llamará al timbre de la puerta para llevarse a cualquiera de los miembros de la familia. Ocurre muchas veces. Casi no hay ya una casa en la que no falte alguien.
Y el trabajo no es un juego. Físicamente, agotador: hay que romper la piedra, cargarla en la cinta transportadora, enviarla después a la fábrica Solvay donde se usará para fabricar sosa y productos químicos.
A veces la muerte se acerca al mismo trabajo. Karol escribe por aquellos años un dramático poema a un compañero muerto en un derrumbe en la cantera y es un poema ácido, de protesta, casi sin salida, un poema revolucionario que a alguien le ha extrañado cuando fue publicado siendo ya Woytyla sacerdote:
" No estaba solo. Los músculos que alzaban la maza, pletóricos de energía, lo insertaban
en una inmensa muchedumbre.
Duró hasta que sus pies pisaron la tierra.
Después, una piedra
le trituró las sienes,
le destrozó las fibras del corazón.
Recogieron su cuerpo, le sacaron fuera
en medio de una larga y silenciosa fila.
El exhalaba todavía la fatiga
y los agravios sufridos.
Sus vestiduras, su mono gris,
sus zapatos rezumantes de fango,
eran el símbolo de todo lo que debe
cambiar en la situación del hombre.
Y de nuevo removieron la grava,
la vagoneta reanudó
su movimiento, entre las flores.
Pero el compañero se lleva con él
la estructura más intima del mundo.
Estallará el amor,
Finalmente, un día,
Estallará multiplicado,
Por la ira del oprimido”
“Con su mono gris, sus zapatos rezumantes de fango…” Farol Wojtyla no habla aquí de memoria. habla de sus vestidos. describe su sudor. El no es un obrero de lujo. ocasional. No es como el gobernador o el obispo que un día se ponen el casco para bajar a la mina y con él se fotografían. Es uno más de esa masa obrera que conocen tan bien «la ira del oprimido». Un día, cuando ya Papa, hable a los obreros podrá con toda justicia llamarles «compañeros": porque habrá sido el primer Papa de los tiempos modernos que ha dedicado lo mejor de su juventud a la maza, la máquina, la vagoneta y la pala.
Dos años después le golpea vivamente la tragedia. Su padre, en 1941, ve agravada su enfermedad y no puede abandonar el lecho. Como tampoco Karol puede prescindir de su trabajo, sabe lo que es la amargura de dejar cada día largas horas solo al único miembro que le queda de su familia. Por las tardes, concluido el trabajo, ha de ir a casa de su amigo Juliusz donde le preparan la cena para llevársela al enfermo. A veces le acompaña la hermana de Juliusz para limpiarle un poco la casa. Y una tarde, 1941, al llegar los dos a casa, se encontraron al
Los años de actor teatral (1939)

padre muerto víctima de un ataque al corazón. La hermana del amigo ha contado su terrible llanto.
Para Karol se ha cerrado el cerco de la soledad, esa gran soledad personal que se le ve siempre al fondo de todas las sonrisas.

El actor

Pero no todo es drama en estos días. Bajo la capa de la opresión la vida sigue y es en estos años cuando la vieja vocación de actor del joven Wojtyla se acentúa. A su amigo y profesor Mieczyslaw Kotlarczyk le han requisado su casa los alemanes y el joven Karol, que se ha quedado completamente solo en la suya, le invita a venirse a vivir con él. Juntos vivirán apasionadamente su vocación teatral. Juntos leen, charlan interminablemente de teatro. Juntos deciden crear un grupo teatral que se llamará «Teatro Rapsódico». Es su forma de colaborar en la resistencia. Se trata de ir representando, con un grupo de jóvenes como ellos, piezas del teatro clásico polaco que alimenten en los espectadores el amor a la patria y la esperanza. Son representaciones que se hacen ante auditorios diminutos, en casas, en barracones: hay que esconderse de la policía nazi, que encontraría en esto causa suficiente para detenerlos a todos. La presentación de esta farándula se hará con una obra de Juliusz Slowaki, un poeta romántico adorado por los polacos. Se trata de « Krol Duch•> (Rey Espíritu) el drama que representa el choque entre el violento rey Boleslao y el obispo Estanislao. defensor de los pobres, que será asesínado por los hombres del Rey -como otro Thomas Becket- al pie del altar de San Martín de Cracovia. El joven Karol, que representa el papel del obispo, no puede ni soñar entonces que años más tarde le sucederá en la silla arzobispal de Cracovia.

El éxito fue rotundo y consagró tanto al joven protagonista, como al director de escena. Ya para entonces el oficio de actor tiene para Karol algo de apostólico, algo de entrega al servicio de los demás.
Pero también ve algo ambiguo en esa vocación: ¿Al entregarse a los personajes que representa no hay en él una especie de vaciamiento? Años más tarde expresará esta ambivalencia en un bello poema titulado precisamente «El actor»:

Tantos personajes han crecido a través de mí y en mi
que me he convertido en cauce por el que discurre un ser llamado hombre.
Pero, como también yo soy un hombre
¿no habré sido deformado por esa muchedumbre?
Como fue un poco de cada uno, permaneciendo siempre demasiado yo mismo
el hombre que hoy soy ¿podrá mirarse al espejo sin espanto?"

El amor humano

¿Llamó también el amor humano a la puerta del corazón de Karol Wojtyla? Bastaron algunas lejanas sugerencias de algún viejo compañero de juventud para que la prensa internacional se lanzase como una jauría de perros sobre es

Jóven obrero en las canteras (1938)
ta posible noticia: ¡ahí era nada, poder publicar una fotografía de una vieja novia del nuevo Pontífice!
Un periódico americano lanzó incluso la idea de que Karol Wojtyla había estado casado en su juventud y que su esposa había muerto en el campo de concentración de Auschwitz. Los italianos se limitaron a contar (á inventar) un viejo romance del joven Wojtyla que habría acabado en desencanto: ¡ya tenían la explicación de su vocación sacerdotal! Al parecer sólo un desengaño amoroso explicaría el que el joven Wojtyla ingresara en el seminario.
La caza de brujas acabó sin un mal romance que llevarse a la boca. Naturalmente nada de escandaloso hubiera tenido el que el joven Wojtyla hubiera tenido una novia a sus veinte años. Lo que ocurre es que no hay dato alguno que permita hablar de ese amor.
Se sabe. sí, que Karol tuvo en aquella época muchas buenas amigas. con las que salía y que le acompañaban en sus representaciones del teatro rapsódico. Con muchas ha seguido manteniendo a lo largo de su vida una cordial amistad.
Concretamente, gran amiga suya fue Halina Krolikiewecz, con la que coincidió primero en el teatrito rural de Wadowice y a la que volvió a encontrarse en el Teatro Rapsódico de Cracovia. Juntos salieron sin duda, mu
En 1948 se hace cargo de su peimera parroquia

chas tardes, hasta que Halina se hizo novia de Tadeus Kwiatkovsik, uno de los escenógrafos del teatro. Karol ayudó como monaguillo en su boda y bautizó, más tarde, ya sacerdote. a su primer hija. Hoy Halina es primera actriz en el Star Teatre de Cracovia y más de una vez ha recibido en los estrenos un ramo de rosas rojas enviado desde el arzobispado por su viejo amigo Karol.
Así es de simple todo: fue un joven como los demás, conoció la realidad del mundo y de los hombres. Pero hacía tiempo que dentro de él germinaba una segunda vocación que iba a arrastrarle por los caminos del mundo hacia metas que, entonces, nadie hubiera podido soñar.

La vocación que llega a través de un seglar

Lo más sorprendente de la vocación sacerdotal de Karol son los caminos por los que llega: su guía hacia el altar será, no un sacerdote, sino un seglar. En 1941 ha conocido a un personaje pintoresco: es un sastre de unos cuarenta años que ha sido vendedor de libros pero que ha regresado a la vieja sastrería de su padre para poder vivir en silencio y pobreza y entregarse plenamente a lo que más ama: la oración. En apariencia resulta un señor pasado de moda, pero es un verdadero místico perdido entre los horrores de la guerra. Un rostro tímido, ojos azules de ciervo perseguido, pero un alma llena de coraje. Y sobre toda la convicción: cuantos le conocen saben que este hombre cree lo que dice. Y su palabra encandila a los jóvenes, cuando podría esperarse todo lo contrario.
Se llama Jan Tyranowski y será la verdadera estrella de la vida de Karol Wojtyla. El sastre -devoto de la Virgen apasionadamente- tiene un sueño absurdo: crear un «rosario viviente» de jóvenes, cincuenta muchachos que quieran centrar sus ojos en Dios y en la piedad mariana. Con ellos se reúne para hablarles de Dios, para prestarles libros. Sus reuniones no son clases teóricas de teología. Allí se discute sobre el sentido de la vida, el valor del trabajo y del sacrificio, se buscan respuestas profundas a los grandes dolores de la hora. Tyranowski es un cristiano conciliar mucho antes del Concilio: centra toda la piedad en la lectura de la Sagrada Escritura, valora la liturgia por encima de todo y no habla de la oración, sino que habla como quien vive sumergido en ella.

Una excursión en bicicleta.
Para Karol este descubrimiento es un vuelco espiritual. Todo lo que ha intuido en los años anteriores encuentra ahora respuesta; en la oración se realiza plenamente esa búsqueda de soledad que ha caracterizado siempre su alma y empieza a darse cuenta de que aquel afán suyo de hacer apologética con el teatro no era otra cosa que una incipiente vocación sacerdotal. Tiene ya veintiún años y ahora se entrega apasionadamente a la lectura de los libros que Tiranowski le presta, sobre todo de los místicos españoles, San Juan de la Cruz y Teresa de Jesús, que serán ya para siempre amigos de su alma.
Pronto Karol es jefe de una quincena de muchachos a los que ha de trasmitir el espíritu de su maestro y empieza a hacer con ellos la labor de profundización que Tiranowski hiciera con él. Es ésta una época -certifican todos sus biógrafos- en la que Karol reza incesantemente: las horas que le dejan libre su trabajo se las pasa silencioso en la iglesia de Debniki, arrodillado en el duro suelo ante el sagrario. Y es en el silencio de la iglesia donde toma su gran decisión: se entregará plenamente al servicio de Dios sin escatimarle nada, se hará sacerdote. Tiene aún que vencer las presiones de sus amigos que tratan de convencerle de que también la de actor es una gran vocación y que todas sus cualidades le predestinan - para ser una gran figura del teatro. Pero Karol es un muchacho terco a quien no se desvía fácilmente de sus decisiones. Renunciará al teatro. Ni siquiera él sospecha que muchos años más tarde esas cualidades de actor encontrarán su pleno desarrollo cuando, ya como Papa, tendrá que enfrentarse a multitudes de millones y millones en sus viajes apostólicos.
Mochila al hombreo, camino de la mantaña.

En el seminario clandestino

Pero ¿cómo realizar esa vocación en un país ocupado en el que los alemanes han cerrado y prohibido todos los seminarios? Karol se entera por un amigo sacerdote que el cardenal Sapieha quiere organizar un seminario secreto. Y en él se inscribe.
Mas ha de combinar sus estudios de teología con el trabajo manual que no puede abandonar. Afortunadamente ha dejado ya por estas fechas la cantera y la propia empresa Solvay le ha trasladado a la fábrica de productos químicos. Y será allí, en los descansos, junto a las calderas y las vagonetas donde

Karol comenzará sus estudios teológicos: Han comenzado a quedar lejos los libros de los poetas sustituidos por Santo Tomás y por San Agustín o por los grandes textos de filosoña escolástica.
Mientras tanto en el país las cosas se ponen más diflciles por momentos. Los -ghettos» de Varsovia son destruidos y todos sus habitantes trasladados a campos de concentración. Son tiempos en los que la vida humana ha perdido todo su valor, pero los polacos no pueden permitirse el lujo de perder también la esperanza.
El 1 de agosto de 1944 estalla la sublevación de Varsovia que es pulverizada por las tropas nazis. Para el día 7 de agosto se espera otra sublevación en Cracovia y ese día comienza en la ciudad la caza del hombre por parte de los alemanes. Se detiene a los hombres en las calles, se les busca en las casas y basta el menor motivo para ser enviado a los campos de concentración.
Es entonces cuando el cardenal decide reunir a sus teólogos en su palacio donde puede que estén más protegidos. Unos veinte muchachos comienzan allí una vida de clandestinidad, sin pisar jamás la calle, durmiendo en bodegas, teniendo como único lugar de paseo el diminuto patio del palacio arzobispal. La vida es difícil pero hermosa. Caminar hacia el sacerdocio se convierte para Karol y sus compañeros en la más entusiasmante de las aventuras.

Y allí viven hasta que a mediados de enero de 1945 el frente alemán en Polonia se hunde. Los días 17 y 18 se viven en el terror. Los alemanes han minado toda Cracovia y se asegura que la volarán al retirarse. A última hora -y sin que se sepa el porqué- los planes alemanes cambian y sólo vuelan los puentes. Mientras, en la bodega del Palacio arzobispal el cardenal y sus veinte seminaristas rezan y cantan. Esperan. Y. pasada la medianoche cesan los disparos, y en la puerta de la bodega aparecen los soldados rusos libertadores.
Para Karol la vida se normaliza entonces. Pueden volver los seminaristas a un verdadero seminario, pero allí han de hacer de carpinteros, de albañiles, de cristaleros: el viejo seminario ha quedado convertido en una ruina. Pero, como contraste, afluyen numerosas las vocaciones y el número de seminaristas no cesa de crecer. A todos les domina la obsesión de reconstruir humana y religiosamente su querida Polonia.
En 1946 Karol ha concluido sus estudios y el profesor Rozycki le propone que prepare la tesis doctoral (será él quien le señale a San Juan de la Cruz como tema) porque ve en él cualidades para la docencia teológica. Pero el cardenal Sapieha prefiere que haga esta tesis en Roma, donde podrá adquirir conocimientos más profundos y empaparse del espíritu de la catolicidad. De todos modos, piensa el cardenal, mejor será que vaya a Roma ordenado ya de sacerdote. Y el 1 de noviembre de 1946 recibe Karol la consa gración como ministro de Dios. A la mañana siguiente dirá su primera misa sobre el altar de San Estanislao, donde reposa el cuerpo de aquel héroe obispo cuyas hazañas interpretó como actor en su presentación en el Teatro Rapsódico.

Encuentro con Roma

Los caminos de Dios van conduciendo a Karol hacia su gran destino. En Roma, aparte del fundamental encuentro con las raíces de nuestra fe, una casualidad la ausencia de colegio polaco en aquel momento- le llevará a hospedarse en el Colegio belga, lo que le obligará a conocer y hablar el francés, al mismo tiempo que la vida cotidiana en Italia le empuja a hablar correctamente el italiano; su tesis doctoral sobre San Juan de la Cruz le fuerza a estudiar y traducir el difícil castellano sanjuanista y la no aceptación de tesis en lenguas eslavas en el Angelicum le hace redactar nada menos que 350 espesos folios en un latín no ciceroniano, pero sí correcto. La insólita capacidad de Karol para dominar lenguas comenzará entonces a ponerse al descubierto.
Pero Roma es para él mucho más: es la oportunidad de ponerse en contacto con un mundo que desconozca. Son aquellos tiempos de grandes fermentos y Wojtyla se acerca a todos ellos. Reina en Roma Pío XII, pero en Europa se abren ya los caminos posconciliares: un viaje a París pondrá a Wojtyla en contacto con el famoso Abbé Godin, autor de «Francia ¿país de misión?» y padre y precursor de los curas obreros. En Bélgica conocerá de cerca a Monseñor Cardijn y a la J.O.C. naciente. Son años intensamente aprovechados, tanto para conocer de cerca en Roma a los más famosos teólogos de la época, como para bañarse en el arte de tantos siglos como vive y late en la ciudad eterna.

En 1948 regresa a Polonia con su doctorado en el bolsillo y vive entonces esa experiencia que es tan típica en la Iglesia. El cardenal Sapieha, aunque le destina a la docencia en la Universidad, le manda -por si acaso se le han subido a la cabeza los humos del doctorado- a una pequeña parroquia de montaña, donde puede conocer bien de cerca la realidad de la vida pastoral de un sacerdote. Así parte para Niegowic, que en la época carecía incluso de luz eléctrica.
Es probablemente la época más feliz en la vida de Karol Wojtyla. La aldea está habitada por buenas gentes que se saludan en las calles diciéndose las unas a las otras: «Alabado sea Jesucristo», y se responden: «Por siempre sea bendito y alabado». Gentes que besan la mano al sacerdote por las
Por los montes de Tatra.
calles y le llaman «Vuecencia». Gentes con las que se puede vivir y convivir. Y entre las que, incluso, le queda tiempo libre para dos pasiones: una vieja, leer a los místicos españoles; otra nueva, ir con los jóvenes a esquiar a la montaña.
Cuando un año más tarde el cardenal le traiga a la capital y le envíe como coadjutor a la parroquia de San Froilán, al joven sacerdote le quedará bien clavada esta segunda pasión: en cuanto cuenta con una tarde libre, con un puente o un fin de semana, cogerá su mochila, sus botas y sus esquís, si es invierno, o su cantimplora con agua fresca, si es verano y, rodeado de un grupo de muchachos se irá a la montaña a pasar la tarde y, si es posible, varios días en una larga acampada. Porque es con los jóvenes donde el cura Wojtyla se siente verdaderamente en su salsa siendo para ellos a la vez compañero, amigo, maestro y pastor. El recuerdo de Jan Tyranowski -que ha muerto santamente mientras él estaba en Roma- se le quedará clavado para siempre en el alma y descubrirá que son los jóvenes su verdadera vocación. Para muchos en aquel momento una vocación sospechosa porque en la Polonia de aquel tiempo -cuando el vestir sotana era casi tan dogmático como la Santísima Trinidad- un sacerdote en pantalón corto y camiseta era algo absolutamente escandaloso. Hasta el punto de que Karol pide a los muchachos que le llamen «tío», enlugarde «padre», parano escandalizar a la buena gente de los caseríos de montaña.
Afeitándose en plena excursión. Ya era obispo

El contemplativo Karol Wojtyla se siente feliz entre los jóvenes y la naturaleza. La bicicleta, la barca, los esquís son parte de la vida, no sólo de su cuerpo sino también de su alma. Rezar a campo abierto, decir misa sobre el tronco de un árbol son sus gozos mayores.

Obispo a tres bandas

Y en una de estas excursiones en plena montaña estaba aquel día de julio de 1958 en que un telegrama le pedía regresar a Cracovia porque le habían nombrado obispo auxiliar del arzobispo Baziak que no hacía mucho había sucedido al cardenal Sapieha. A Wojtyla la noticia le desconcierta. Pero no le altera. Ha prometido a los muchachos decirles misa en la montaña al día siguiente y decide cumplir su promesa: que espere el nombramiento. Y cuando los muchachos le preguntan si hay que arrumbar para siempre sus botas de montañero y sus esquís, él responde que no, que no hay razón para ello, que no piensa dejarse embalsamar por el episcopado.

El remo era una de sus pasiones.

El contemplativo Karol Wojtyla se siente feliz entre los jóvenes y la naturaleza. La bicicleta, la barca, los esquís son parte de la vida, no sólo de su cuerpo sino también de su alma. Rezar a campo abierto, decir misa sobre el tronco de un árbol son sus gozos mayores.

Obispo a tres bandas

Y en una de estas excursiones en plena montaña estaba aquel día de julio de 1958 en que un telegrama le pedía regresar a Cracovia porque le habían nombrado obispo auxiliar del arzobispo Baziak que no hacía mucho había sucedido al cardenal Sapieha. A Wojtyla la noticia le desconcierta. Pero no le altera. Ha prometido a los muchachos decirles misa en la montaña al día siguiente y decide cumplir su promesa: que espere el nombramiento. Y cuando los muchachos le preguntan si hay que arrumbar para siempre sus botas de montañero y sus esquís, él responde que no, que no hay razón para ello, que no piensa dejarse embalsamar por el episcopado.


Así es: la consagración episcopal no cambia ni el ritmo de vida ni el estilo de Karol; aumenta su trabajo, pero no le resta nada. Será así un obispo a tres bandas: junto a su actividad ministerial visitando parroquias, seguirá su carrera de científico (su libro más importante «Amor y responsabilidad» es de estos años) y no abandonará a sus jóvenes amigos: las excursiones serán menos frecuentes, pero siempre encontrará la manera de fugarse en algún puente o vacaciones a la montaña. Tiene, incluso, la «suerte» de que un médico le diagnostique un comienzo de mononucleosis y le impone como mínimo dos semanas de vacaciones
Aúin siendo obispo no dejaba sus excursiones a la nieve y, junto a los esquíes, reza el breviario en una pausa.

en invierno y de dos a cuatro en verano. Vacaciones que son para Wojtyla el montañismo, la natación o el esquí. «Es el único consejo médico que he seguido con gusto en mi vida», comentará un día con un sacerdote amigo.

Los tiempos del Concilio

En octubre de ese mismo año, 1958, muere en Roma Pío XII. Y la llegada de Juan XXIII a la Sede de Pedro traerá toda una revolución a la Iglesia. Dos meses después de su elección convoca un nuevo Concilio y pronto comienzan a circular por toda la Iglesia vientos de novedad y de rejuvenecimiento.

Pablo VI le impuso la birreta cardenalicia en 1967
Wojtyla comenzará desde el primer momento a recibir apasionadamente cuanto de Roma le llega. Estudia los proyectos, responde a los cuestionarios, se pregunta a sí mismo cómo tendrá que hacerse la renovación del catolicismo polaco. Es; desde el primer momento, consciente de que allí no podrán hacerse muchos cambios externos o espectaculares: porque los soviéticos que vinieron a liberarles dejaron en el poder a sus más adictos amigos comunistas y, desde entonces, vive la Iglesia polaca en un constante oscilar entre períodos de persecución abierta y períodos de persecución silenciosa. Los católicos han perdido por de pronto la batalla de la prensa. El Gobierno controla todos los medios importantes de información y tolera' algunas pequeñas revistas religiosas -de tirada controlada y restringida- para dar una apariencia de libertad. Han perdido también los católicos la batalla de la escuela: no sólo ha sido abolida la enseñanza de la religión en ellas, sino que toda la enseñanza está dirigida desde el pensamiento más cerradamente ateo y marxista. Han ganado, en cambio, los católicos la batalla del catecismo: los comunistas no han podido impedir que los sacerdotes sigan enseñando religión en las iglesias o que los padres se hayan convertido en sus casas en los mejores catequistas. Y se mantiene aún entonces en tablas la cuarta batalla: la de los templos, pues si los comunistas no han podido derribar las bellísimas iglesias antiguas del país, sí ponen todas las dificultades del mundo para la construcción de nuevos templos en los grandes suburbios de las ciudades que han crecido en las últimas décadas como en todos los países del mundo.
Nada fácil hacer una reforma espectacular en este país. Al contrario: parece que aquí hay que mantener ciertas formas religiosas más tradicionales como cemento de la fe de los católicos. Cualquier tipo de división entre los católicos sería pronto utilizado por los comunistas para meter una cuña entre ellos. Ya lo han intentado protegiendo al grupo progresista Pax que se mantiene más cerca de los gobernantes que de la jerarquía, pero que no significa realmente nada en el conjunto de la Iglesia polaca.
Wojtyla lo sabe: es esta unión, esta fidelidad lo que ha mantenido la fe en su país. Bajo la dirección -dura si se quiere, pero popularísima- del cardenal Wyszynski hay un episcopado unido que no teme ser diariamente insultado con el calificativo de conservador, porque sabe que, efectivamente, es es
Aún de cardenal siguió practicando el esquí en Zakepane.

ta unión, esta fidelidad lo que ha mantenido la fe en su país. Bajo la dirección -dura si se quiere, pero popularísima- del cardenal Wyszynski hay un episcopado unido que no teme ser diariamente insultado con el calificativo de conservador, porque sabe que, efectivamente, es esa unión la que ha «conservado» en Polonia una fe intrépida y ardiente. Conservar en Polonia no es dormirse.
Wojtyla acepta esta dialéctica. La acepta incluso en los casos en que no la comparte: años más tarde -cuando él sea nombrado cardenal- conocerá por experiencia cuántos esfuerzos tendrá que hacer para desmontar la táctica del partido comunista que quiere presentarle a él como «el cardenal rojo», más abierto, frente al «cardenal negro» que serla Wyszynski, más atado que él al pasado. Wojtyla descubrirá a tiempo el juego, se acercará a Wyszynski como un hijo (permaneciendo incluso a su sombra) y se convertirá poco a poco en un negociador más duro para los comunistas que el mismo primado.

Por los caminos del mundo

El Concilio será para el obispo Wojtyla la gran ocasión de abrirse al mundo. Participará activamente en las comisiones -sobre todo en la encargada de redactar el famoso «esquema 13» que sería luego la Constitución sobre la Iglesia y el mundoy llamará la atención por lo sólido y macizo de sus intervenciones.

Esta solidez teológica brillará más llamativamente -siendo ya cardenal-en los sínodos del 69, del 71 y del 74. En este último será nombrado relator por Pablo VI y sus intervenciones le merecerán la elección para la secretaría permanente del Sínodo con más de un centenar de votos.
Su nombre suena ya como el de un posible papa futuro. En 1975 -durante la primera enfermedad de Pablo VI- quien forma estas líneas setrasladó a Roma para hacer una encuesta sobre el
De Papa ya solo podía practicar el deporte de las bochas, nuestra petanca

futuro de la Iglesia, y recuerdo haber escrito en las páginas de ABC que «el polaco Wojtyla sería un gran candidato al Papado..., si no fuera polaco». Parecía por aquel entonces imposible que la Iglesia rompiera la tradicional costumbre de los papas italianos y que la rompiera, sobretodo, con un salto a un país de la órbita comunista, hecho que parecía llamado a crear enormes problemas a la Iglesia.
Mientras tanto Wojtyla -como si presintiera ya que un día tendría que recorrer los caminos del mundo como Papa empieza a viajar por toda la superficie del planeta, invitado casi siempre por amigos cardenales de unos y otros países.
En 1963 ha hecho ya una primera peregrinación a Palestina -y la experiencia le impresiona más de lo que él mismo hubiera podido imaginarse-; en 1965 recorre los principales santuarios de Francia y hace una especial parada en el monasterio protestante de Taizé, al que ha sido invitado por el pastor Schutz; en 1967 -de regreso de recibir el capelo cardenalicio recorre en Austria los santuarios marianos y otro tipo de santuarios: los campos de concentración de Mauthausen; en 1969 recorre todo el Canadá, invitado por el cardenal Roy y los Estados Unidos, apadrinado por el cardenal Wrigth; en 1973 acude al Congreso Eucarístico de Melbourne; ese mismo año participa en Bélgica en las reuniones de los obispos europeos, donde su dominio de idiomas, su solidez teológica y su simpatía personal impresionan a todos cuando preside varias mesas redondas... Son estos los años en que Wojtyla conoce la anchura de la Iglesia y es conocido por los cardenales que un día serán sus electores.
Pero ni todo eso le hace cambiar su estilo de vida. Aún encuentra tiempo para elaborar gruesos volúmenes de teología y moral: en 1969 aparece «Persona y acción» en el que sigue el tema desarrollado en «Amor y responsabilidad».
Y tampoco interrumpe sus contactos con los jóvenes. El movimiento «Oasis», recién nacido en Polonia, encuentra su mejor protector en el cardenal de Cracovia. Y él es también el patrocinador del festival Sacrosong, de canción religiosa en ritmo beat. Otros obispos se escandalizan de que en el interior de las iglesias canten muchachos de largas melenas vestidos de formas más o menos ridículas y que allí canten, aplaudan o griten durante las interpretaciones, pero no son estas cosas que puedan escandalizar a Wojtyla. Sigue, incluso siendo cardenal, con sus excursiones -ahora, claro, mucho más espaciadas- a los montes con grupos de muchachas. Ahí están sus fotos, Vestido de esquiador, siendo ya cardenal, y rezando el breviario junto al refugio en plena montaña.
Son años de actividad febril: Polonia celebra el milenario de su fe, ha de recorrer todas la diócesis de su arzobispado hablando, predicando, dirigiendo. Es un hombre llegado a la madurez, hondo y sereno. Pero joven aún para la nueva andadura que le espera.

La silla vacía

En la montaña le sorprende el 1 de agosto de 1978 la noticia de la muerte de Pablo VI. Y hay que partir, esta vez con prisas, hacia Roma. ¿Con miedo en el corazón? Seguramente no. Nadie imaginaba entonces la hipótesis de un Papa polaco. Y, si algún miedo asomó a su corazón, porque parece que alguna vez sonó ya su nombre en las votaciones del Cónclave, pasó cuando al final de los escrutinios del primer día de asamblea salió elegido Juan Pablo I.

En su viaje a Polonia reza ante la tumba del Soldado Desconocido.